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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Félix Unamuno, audaz y firme apologista de coronar bien todas las obras, las ajenas y las propias

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 17 de noviembre de 2007, 03:09 h (CET)
(PECCATA MINUTA)

A María Luisa M. M., una de mis mejores amigas, porque hoy, viernes, dieciséis de noviembre de dos mil siete, cumple años; ergo, dilecta “Marisa”, con cariño y de corazón, ¡muchas felicidades!

“El genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación”. Ludwig van Beethoven

Quienes creemos (a pies juntillas) estar en posesión de dos (o más) dedos de frente, una de las diversas, extravagantes y acaso necias maneras de propalar a los cuatro vientos y poner de manifiesto o dejar constancia en las cuatro esquinas que superamos holgadamente la media, solemos cometer el craso error/horror de subestimar (por separado, en tándem o en su conjunto) las tres potencias clásicas del alma, inteligencia, memoria y voluntad, de cuantos reputamos, a simple vista, ignorando básica y prácticamente todo sobre ellos, que no alcanzan a rozar (mucho menos a sobrepasar) el tramo o trecho de listo, otro ayuno de fundamento científico límite o listón, o sea, a superar la prueba del algún don o algodón, conformada por la proverbial pareja de dedos.

No sé a ti, desocupada lectora, Bernarda Ocaso, pero mi amigo del alma, Félix Unamuno, en el supuesto de que hubiese sabido antes de tus mentiras y calumnias, arcón de juicios temerarios, torticeros, hubiera aceptado de buen grado tus disculpas, aunque se las hubieses solicitado con la boca pequeña, porque es consciente de que, unos más, otros menos, todos, absolutamente todos, sin excepción tenemos fallos. Uno de los mejores amigos de Félix, el menda lerenda (tú ya sabes, para unos, E. S. O., un andoba de Cornago; Otramotro, para otros), verbigracia, acostumbra a marrar más, bastante más, de lo que lo hace jugando al mus, o sea, envidando y aceptando piedras, amarracos y hasta órdagos, a grande, a chica, a pares y a juego, pero como es un defensor a machamartillo y a ultranza de las obras bien hechas, sean éstas ajenas o propias, ha adquirido el hábito de subsanarlos todos, menos uno (pues servidor es epígono y aun mantenedor de uno de los prejuicios ancestrales de los indios navajos, que tejían sus alfombras y tapices con alguna imperfección, para que sus respectivas almas no quedaran presas en ninguno de los tejidos que confeccionaban), a tiempo, en las que él firma y rubrica, a fin de que, si alguien advierte o nota el íngrimo yerro, nadie pueda abaldonarlo por tan poca cosa, peccata minuta.

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