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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Aviso de la existencia de impostoras a incautos iterneteros

Ángel Sáez
Ángel Sáez
viernes, 16 de noviembre de 2007, 06:02 h (CET)
(MUJERES BAJO EL SÍNDROME DE TANIA HEAD/ALICIA ESTEVE)

Ignoro si usted, desocupado lector, ha tenido conocimiento, más o menos directo o profundo, de la existencia en la red de redes de impostoras empedernidas y hasta roce o trato con alguna fémina que haya urdido una bola o bulo tan colosal como el que trenzó la gran mendaz del 11-S, Tania Head/Alicia Esteve.

Servidor le puede asegurar que sí. Pues yo mismo, lo reconozco sin ambages, he caído en las redes de otra gran mentirosa, que (en) nada tiene que envidiar a quien da nombre al síndrome que padecen cuantas pergeñan añagazas compulsivamente, ¿porque sí? No sabría decir, a ciencia cierta, si el interés que prima en ellas es el mediático, esto es, si buscan notoriedad, salir en los mass media, vaya; o si la motivación es otra, verbigracia, conseguir combatir la soledad existencial que sufren y en la que, ora están a punto de ahogarse, ora de caer por el precipicio, o, por ejemplo, lograr contrarrestar su insoportable ninguneo social.

A mí me ganó para su causa, quiero decir que me engatusó, tras leer un texto suyo, que ella escribió y publicó en uno o varios (desconozco este extremo) foros de opinión (uno de ellos –esto sí que lo sé-, si no clausurado, casi), en el que hablaba del cáncer (cada día, felizmente, menos palabra tabú) como si se tratara de uno de sus pretendientes mejores dotados o pertrechados para la victoria, debido a su refractaria perseverancia (que, según la tradición, todo lo alcanza), por ser ésa, la susodicha enfermedad, la que se había llevado por delante, abatido o acabado, antes de llegar a la ancianidad, con buena parte de sus deudos.

Mi empatía y simpatía hacia ella crecieron aún más cuando me confesó un secreto (que hoy, por supuesto, pongo en tela de juicio), que había sido objeto de malos tratos al comienzo de su matrimonio.

Los correos de ida y vuelta, a pesar de mis cautelas y prevenciones iniciales, fueron aumentando hasta que, tras hacerme la confidencia que tanto anhelaba oír, que no quería a su marido, por quien, como mucho, sentía un aprecio o cariño especial, como el que se le tiene a un hermano (no obstante, eso sí, se –la/lo- follaba una o dos veces por semana), que a quien de verdad amaba era a mí, eso me empujó y espoleó a dar el paso decisivo de cruzar España de oeste a este, quiero decir, desplazarme en avión desde mi terruño en Valladolid hasta Barcelona, donde uno suele catar y aun comerse las uñas, esperando desesperadamente la aparición de un fantasma, y meter la pezuña y buena parte del resto de la pata, hasta el corvejón. He trenzado lo anterior porque, después de quedar en la habitación 504 de cierto hotel de tres estrellas, la embustera no apareció. Adujo que le había entrado miedo y que éste la había dejado alelada, paralizada. Poco más o menos, lo que Tania Head/Alicia Esteve alegó durante la ceremonia de homenaje a su ¿salvador?, que el exceso de emoción le embargaba hasta tal punto que le impedía articular palabra.

Evidentemente, todo lo que acabo de relatar en primera persona le ocurrió, hace ahora ocho meses cabales, a un casado sacado de quicio, embelesado hasta los mismísimos tuétanos de la embelecadora. Si servidor insiste hoy en ello es por esta sola razón de peso: ayer, a última hora de la tarde, por lo que escuché que hablaba un señor, que estaba sentado en el banco de un parque y que frisaría los cuarenta y tantos, por su móvil y que, al principio, seguí sin querer, mas luego, confieso mi falta, queriendo, y aun aguzando el oído, colegí que otro incauto internetero había caído en la tela de araña tejida por otra aranera.

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