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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Xenofobia, ¿con raíces endñogenas o exógenas?

Marino Iglesias Pidal
Redacción
jueves, 15 de noviembre de 2007, 06:37 h (CET)
Yo, fobias, así en general, alguna debo tener, supongo, pero que me dé cuenta… ¿xenofobia?

Hace… Buf. Pienso que puede ser el alzhéimer, o yo qué sé, pero es que la memoria me da para casi nada. Aydiosss. Vamos a ver…Unos veinticinco años. Sí. Hace veinticinco años que tengo la cuenta en el mismo banco, ¡no! No es el mismo banco. No es que yo haya cambiado de banco, ha sido él el que ha ido cambiando de manos, y de nombre, claro. Pues bien, hoy he decidido cambiarme. Tomé la decisión después del correspondiente cabreo. En el banco, demás de la cuenta, también tengo contratados los seguros.

Se me ha reventado una cañería y, por primera vez, hago una llamada para consultar sobre mi seguro Protección Hogar. El casque que tengo no lo cubre. Pero no es por eso el cabreo. Es que llamo y me contesta… “una voz computarizada”, y me suelta todo esa paja acostumbrada conducente a nada, ¡y me la vuelve a soltar completita en catalán! Y la musiquita y la espera. Y que me dice que espere porque los operadores…¡y me lo repite en catalán! Tres veces. Logro por fin que alguien se digne y blabla y que va a consultar a ver si eso lo cubre el seguro. Oigo a continuación algo así como un timbre con ronquera que se prolonga… hasta que decido cortar. Naturalmente he tenido que volver a llamar. ¡La misma doble versión de la misma película! sólo que al final, en vez del timbre rasposo, la voz me informa de que el daño en cuestión le corresponde a mi bolsillo. ¡Pero bueno! ¡Ya mismo me cambio de banco para uno que no sea catalán! Xenofobia.

Paseaba, hace unos meses, por una urbanización de reciente creación. Por tanto, un diseño moderno, edificios de funcional y atractiva arquitectura, amplias avenidas de acceso y salida, zonas verdes de singular geometría, aceras discurriendo entre multicolores arriates…Todo sin mácula perceptible a simple vista. Y de pronto…

Memoria divino tesoro
¡te vas para alguna vez volver!
Cuando te llamo no vienes
y a veces vienes sin querer.
Y ahora le reclamas a mi escritura este recuerdo intempestivo.

Iba yo conduciendo por una carretera recta sin fin en el fin del mundo – se entiende que en el fin del mundo nada puede alterar la paz del lugar - . Primera hora de la noche en un finisterre tropical. Después de muchas horas recurriendo a quitasoles de toda índole – los propios del coche, toallas pilladas en las portezuelas… - a fin de librarme de un sol que, además de cocinarme en mi propia salsa – sudor - aliñada con mi propia tapicería – vestimenta – y la del coche, y de reírse de mis vanos intentos por eludirlo, me resultó sumamente relajante un cielo sin el huevo frito del que únicamente eran visibles las estrellas, el frescor que reinaba en la cocina – el interior del auto -, el descanso que se tomaron mis ojos sin nada que ver más que un pequeño trecho de carretera inamovible que ni siquiera me obligaba a mover el volante para perseguirla, ¡y de pronto! ¡un cebú frente a mí! ¡y negro!

Asociación de ideas. “Impactante” fue el nexo de unión entre lo que acabo de contar y lo que venía contando; con lo cual sigo.

Y de pronto, los arriates con el único color de la tierra despreciada, el acceso a un garaje imposibilitado por sinnúmero de cachivaches evidentes libradores de una guerra sin cuartel, escalinata tomada por los peculiares pobladores, que debían ser, de las viviendas del bloque, cuyas ventanas adornaban desencajadas persianas de horizontalidad perdida y ropa tendida con colores sombreados a pesar de que nada se interponía entre el Sol y los tendales. Se trataba del edificio con viviendas “protegidas” adjudicadas por el ayuntamiento a quienes no tenían techo, o lo tenían de hojalata. Desde luego situado bastante lejos del lugar de residencia de los adjudicadores. ¡No me jose! ¡Menos mal que no vivo por aquí! Xenofobia.

Ni el diccionario se exime del impacto de la moda. Ahora por ejemplo, lo último, lo más fashion: “fascista” y lo dicho, “xenofobia”. Y como la mayoría quiere decir a la moda, pues andan al quite.

Que no salgan de tu boca, por ejemplo, “bandera” o “Franco”, tienes que especificar. Puedes decir: Bandera de Catalunya, o Señera; Bandera de Euskadi, o Ikurriña; el hijoputa de Franco o el hijoputa dictador… Cosas así, pero, la bandera o Franco a secas, ¡ni se te ocurra! ¡fascista! ¡que eres un fascista!

Si porque te haya picado una araña venenosa, o aunque no te haya picado, simplemente su presencia te produce aversión, pobrecito, oye, ya simplemente con la pinta es normal que no te haga gracia, y tú no tienes la culpa de que las arañas sean como son. Lo que padeces es una comprensible y nada criticable aracnofobia.

Aparte de aversión a las arañas puedes tener un millón de fobias más. Se dirá entonces que “padeces” tal o cualfobia, ¡salvo! que a tu fobia le pongan el prefijo “xeno”.

Si alguien te muestra una placa y, en presencia de alguien más, te pide la descripción de un integrante de etnia minoritaria o de un extranjero proveniente de según donde, se prudente al describirlo. Le puedes decir cómo es: Un señor así y así, ¡pero cuidado! ¡en ningún momento menciones su etnia o su gentilicio sin edulcorante! ¡ni se te pase por la cabeza! pues puede tratarse de un personal no muy observante de las leyes, o incluso que tenga las suyas propias, y esto, unido a que las leyes y el sistema judicial españoles son un mojón en el tuvo de la justicia, te puede acarrear consecuencias ¡muy graves! ¡Xenófobo!

A un catalán que te obligue a escucharle en su lengua comunitaria, sabiendo, como todos los catalanes saben, que, de no ser uno de sus paisanos, no vas a entenderle, y que en cristiano todos, incluidos ellos, nos entenderíamos; a ese y a otras excepciones mencionadas y no mencionadas, no puedes hacerle el mínimo reproche porque entonces la cagaste, ya no serás un pobrecito que padece, sino un hijoputa que repudia, hace, o le gustaría hacer, padecer a alguno de estos colectivos. ¡Xenófobo! ¡que estás corroído por la xenofobia!

Claro, ante asuntos tan delicados, uno, yo, me pongo a pensar, coño ¿seré yo xenófobo? Y entonces, a buscar en la pichimemoria.

Durante diez años he sido vecino de trabajo de un señor cuya familia exigiría para su conteo no poco tiempo y empeño. Compartíamos pared límite de nuestros respectivos campos laborales en la zona industrial, él con dos de sus hijos y yo. Algún que otro viernes, al finalizar la jornada, la explanada frontal se convertía en una especie de romería, tal era el número de sus parientes que allí se daban cita. Hablaban una extraña lengua que ningún políglota conocía. Yo diría que, aparte de las obligadas relaciones exigidas por su trabajo, todo lo demás discurría y se cocía entre ellos. Incluso los matrimonios. Si allí no había un cónyuge disponible para determinado miembro, el tal o un familiar se daba una escapada a su lejano lugar de origen y se traía consigo la persona adecuada. Se trataba, en definitiva, de lo que actualmente se denomina “una minoría étnica”.

Pues, en lo referente a autodedicación nunca me llamó la atención algo que los diferenciara de mi mismo. Parecían ducharse todos los días, dos o tres veces por lo menos, como era de rigor, usar desodorante, cambiarse de ropa, acudir con regularidad a la peluquería…Y de mi trato con esta “minoría étnica” no recuerdo ningún rasgo que lo diferenciara del trato con la “mayoría”. Manteníamos conversaciones de duración indefinida. Estábamos a mutua disposición… Hasta sufríamos los mismos azotes del hampa. El robo con nocturnidad era bastante frecuente, y ya que estábamos pegados, digo yo, el hampa aprovechaba para matar dos pájaros de un tiro. En fin. Que no me encuentro ningún rasgo fóbico respecto a ellos.

Durante cinco años, ¡hace tiempo! he trabajado para una empresa catalana y por más que busco tampoco consigo referente de fobia de una parte hacia la otra.

Y en cuanto a colores, ¡bueno pues! He alternado con todos los del arco iris, les he dado mi espontáneo aprecio y he sentido el suyo.

¿Entonces? Algo ha cambiado y yo no he sido. Bueno, ahora no me ducho más de una, a lo sumo dos veces al día, pero claro, no es lo mismo estar sentado en el Ecuador que en el paralelo 40 norte…Por lo demás, sigo hablando el mismo idioma, amando y respetando la misma bandera, considerando digno de respeto el mismo tipo de gente…De manera que estas fobias que han surgido en mí, no se deben a ningún deterioro moral de mi parte.

Después de esta reflexión me quedo tranquilo. Algo tengo de xenófobo, pero con raíces exógenas.

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