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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El Rey no tiene que vivir como heredero

Roberto Esteban Duque
Redacción
miércoles, 14 de noviembre de 2007, 03:41 h (CET)
Un necio es mucho más funesto que un malvado. Porque un malvado descansa muchas veces; el necio, jamás. La cita es de Anatole France, y el destinatario no podría ser otro que Chávez, el caudillo venezolano que, obstinado en su necedad, ciego y sordo, tonto vitalicio y sin poros, tan primitivo como incapaz de gobernar a nadie por su incapacidad de autogobierno (en feliz expresión de Confucio) arremete con la pretensión de impunidad contra Aznar, odiado hasta la extenuación por su convicción de golpista que apoyó la trama que lo desplazó del poder en el año 2002, contemplando en el ex presidente del Gobierno de España su propia miseria.

Y es que cuanto más extremo es el gesto de un político, más frívolo, menos exigido o necesario por la coyuntura. Los insultos reiterados de Chávez contra Aznar en la Cumbre Iberoamericana - exhibición impúdica de una fauna gobernante llamada a la extinción, al ejercer líbremente la expresión de sus más ignominiosos instintos - califican por sí mismos al niño mimado del pueblo venezolano, ajeno a la autocrítica y feliz en su autismo. Chávez representa el imperio que él denuncia, el fascismo que denigra, la barbarie y el autoritarismo que sólo ve en quien quiere ver. Como Diógenes patea con sus sandalias hartas de barro las alfombras de Aristipo, Chávez sabotea la Democracia en la Cumbre y le impone su sello insolente de tirano triunfante que pretende comportarse fuera como en casa, satisfecho y canalla, resuelto a imponer sus opiniones, como el auténtico fascista que teme la libertad sobrevenida de los demás. Su papel es deshacer, al menos, intentarlo. Su capricho, que nadie le lleve la contraria.

La actitud del Rey de España en la disputa fue la nota más disonante, por inusitada. Lejos de pretender encarnar una digna, aunque débil determinación política en la apelación al respeto que asumió Zapatero, así como ejercitar la virtud de la prudencia que en otras ocasiones no adoptó contra Chávez, las palabras vehementes del Rey Don Juan Carlos no despiertan sólo la curiosidad, sino el interés para la nación española. El Rey, lejos de encanallarse con sus seculares silencios y pasar por la Cumbre dormitando, alejándose del envilecimiento que provoca la cobardía de sustraerse en la defensa de los intereses de los españoles, no permitió la embestida y la razón de la sinrazón. Mandó callar a Chávez porque le oprimía el sonido irritante y chulesco; porque España y los españoles no pueden verse afectados por quien actúa desde el resentimiento y el descrédito. El Rey hereda, pero no tiene que vivir como heredero. Si España es una Monarquía Parlamentaria, el gesto del Rey fue noble al desahogar su alma como lo hizo.

España no permitió el insulto en la Cumbre Iberoamericana. El Rey Don Juan Carlos moderó los deseos de quien no estaba acostumbrado a verlos limitados, redujo hasta la reprobación un comportamiento plebeyo. La salida a escena del Rey manifiesta, en primer lugar, que la vida pública se trasciende a sí misma en sus actuaciones, permitiendo la espontaneidad necesaria para asegurar un orden que no existía. En este sentido, el gesto del Rey sólo puede suscitar la aprobación de todos los españoles. Y, en segundo lugar, el Rey, lejos de representar la servidumbre del silencio, no soportó vivir desde otro y quiso hacerlo desde sí mismo. Su actuación sólo puede ser bien valorada por la opinión pública, la moral y el ejercicio lúcido de la Democracia, que no permite la absorción cómplice en la impunidad de quien acostumbra desde el poder a manifestar la ofensa y la provocación sobre quien se sitúa fuera de sus torpes y mediocres horizontes.

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Roberto Esteban Duque es Doctor en Teología Moral.


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