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Cumbre ruidosa

Pascual Falces
Pascual Falces
miércoles, 14 de noviembre de 2007, 03:41 h (CET)
El prestigio de las “Cumbres”, en contra de las expectativas que les dio origen, no se ha visto aumentado, sino que, por el contrario, por su proliferación o por la progresiva falta de contenidos, ha ido en descenso. Tuvieron su origen remoto, probablemente, en el llamado Congreso de Viena de 1815, en que las potencias europeas trataron de reorganizar el continente tras la derrota definitiva de Napoleón. Otras reuniones del más alto nivel, como las acaecidas al ser derrotada, en 1945, la Alemania nacionalsocialista, trajeron consecuencias lamentables para buena parte de los europeos.

En su deterioro progresivo tan sólo ha permanecido, como testimonio histórico de su desarrollo, un escueto y grandilocuente comunicado y una llamada foto “de familia”, con la que ninguna familia numerosa que se precie, se considera identificada. Así andaba, de capa caída, el prestigio de las “cumbres”, hasta que ha finalizado la última y jaranera de Santiago de Chile, cuya traca final ha dado la vuelta al mundo en cuestión de minutos.

Hay testimonios de que en ella, España, ha corrido con un protagonismo que, seguramente, nunca desearon quienes propiciaron esta reunión de mandatarios hace 17 años. Fernández Ordóñez, por aquel entonces ministro de Asuntos Exteriores, vaticinó en su origen que se trataba de una maniobra de “largo alcance”. En la recién concluida, se ha enjuiciado el papel mediador del Rey en el conflicto de la industria papelera uruguaya frente a Argentina, y, también, ha sido protagonista el Jefe del Estado español de un altercado más propio de una juerga, comilona, o cuchipanda, que de una responsable reunión de gente con graves responsabilidades. El largo alcance, digamos, ha dado un resbalón morrocotudo.

A los españoles nos ha sentado bien que mandase callar al vocinglero y populista mandatario venezolano. Y, ¿por qué no?, ha devuelto la autoestima de país por unos instantes, tan devaluada como estaba. Parece ser que el consenso es general y afirmativo. Más, ¿para eso es para lo que sirve una Cumbre?... cabe preguntarse. Las relaciones de España con los estados nacidos al perder sus Virreinatos son delicadas de por si, y exigen mucho tacto, educación y cultura –diplomacia-, por ambos lados. Lo sucedido sólo se disculpa teniendo en cuenta el adivinable contexto de sobremesa de banquete –café, copa y puro-, y en que la euforia confunde el rigor de protocolo, el “saber estar” que se dice. Como anécdota, es impagable, y, sin duda, pasará al acervo de esperpentos característicos de “lo” español. Puntas, no dejarán de sacarse.

Es un momento adecuado para que el ciudadano reconsidere qué espera de una Cumbre de mandatarios de la Península e iberoamericanos, y qué es lo que puede esperarse de una reunión de trabajo para la cohesión política y social entre Latinoamérica y Europa. Cooperación, integración y solidaridad, son mecanismos multilaterales para alcanzar objetivos comunes en un mundo universalmente comunicado y con interés común en el bienestar general. Lamentablemente, lo llamativo no ha sido, por ejemplo, el respaldo unánime para la reconstrucción del todavía anegado estado de Tabasco en el Sureste mexicano.

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