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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¡Ceuta y Melilla, no se discuten!

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 13 de noviembre de 2007, 05:27 h (CET)
Por una vez y sin que esto sirva de precedente voy a estar de acuerdo con la señora Fernández de la Vega cuando, interrogada por un periodista sobre el tema de la petición de Marruecos de que se inicien diálogos, para tratar de la cuestión de Ceuta y Melilla, contestó: “no hay nada que negociar”. En efecto, si algo ha quedado suficientemente claro con la visita de los Reyes a las dos ciudades autónomas ha sido la indiscutible españolidad de ambas poblaciones que se han manifestado, unánimemente, en apoyo de su pertenencia a España, tanto por sus raíces inmemoriales como por el sentimiento inequívoco de sus moradores –incluso de los de ascendencia árabe –, que así lo han coreado espontáneamente durante las jornadas memorables de las visita real. No hay nada que negociar porque, aún que el señor ministro de Exteriores marroquí quiera confundir a su pueblo o, a pesar de que el propio Mohamed VI lo ha denunciado y la prensa de Marruecos se haya solidarizado con su opinión, repitiéndolo machaconamente en sus noticias y artículos; lo cierto es que la Historia se empeña en que la pertenencia de aquellas dos ciudades, de habla andaluza, desde tiempos de los fenicios y romanos es de España. Incluso cuando los árabes invadieron la península, las dos ciudades siempre estuvieron relacionadas con los califas andaluces y no con el resto de las cábilas africanas.

Es curioso, y seguramente el señor Rodríguez Zapatero y su sagaz ministro de Exteriores, señor Moratinos, podrían explicarlo con claridad a los españoles que, en ocasiones somos un poco duros de mollera en esto de las interioridades de la política diplomática: ¿cómo la Liga Árabe, sí, la de la Alianza de Civilizaciones, resulta que “apoya incondicionalmente” las pretensiones de Rabat sobre las ciudades de Ceuta y Melilla? No casa mucho, para un simple ciudadano de a pie, que llevemos gastados más de trescientos mil millones de las antiguas pesetas en esta aventura made in Zapatero para que, por un quítame estas pajas, nos peguen una puñalada en pleno plexo solar de nuestra integridad nacional. Sólo desde una masoquismo político se puede entender que nuestro Gobierno encaje, impávido, que desde Marruecos nos enseñen historia apócrifa y pretendan que entreguemos a nuestras ciudades africanas al sultán (como si alguien les pidiera a ustedes que le entregasen a sus hijas por el mero hecho de haber nacido en un territorio lejano, como por ejemplo, las islas Canarias). Sin embargo, en este caso, debemos reconocer la oportunidad de los Reyes y su cordialidad y sencillez para con todos los ciudadanos de aquellas poblaciones y por lo que tiene de reafirmación de la pertenencia a España de los restos de nuestra soberanía sobre el norte de África. Deberían recordar el rey Mohamed y sus ministros que, puestos a querer fabricar naciones artificiales, también hubiera podido constituirse una nación independiente con lo que fue el antiguo protectorado, incluyendo Tetuán.

Lo verdaderamente sangrante de las pretensiones expansionista del reino alauí es que, ellos mismo, que nos tachan de “colonialistas” quieren, en pleno siglo XXI constituir una colonia sobre lo que fue el antiguo Sahara español, que tiene su propia población, y el derecho a su propio gobierno y a su independencia territorial, reclamada reiteradamente ante las Naciones Unidas y con una resolución a su favor, en la que se ordenaba la celebración de un referendum para que la población autónoma pudiera decidir libremente sobre su destino. Sólo la incuria de la ONU, las influencia espúreas del Marruecos apoyado por otros países como Francia y los emiratos árabes, han conseguido que aquella iniciativa haya quedado reducida a agua de borrajas. Sin embargo, vean ustedes como, sin ningún pudor el señor Mohamed VI y su camarilla de anexionistas, se ha lanzado a la gran aventura de apropiarse de todo aquel territorio valiéndose de su superioridad militar sobre los del Frente Polisario que, todo hay que decirlo, sólo disponen de la ayuda de Argelia. En mi tierra hay un refrán mallorquín que me voy a permitir traducir para ustedes, aunque no resulte tan sonoro como en el dialecto original: “El asno le dijo al cerdo: ¡orejudo!” Por supuesto que en ningún caso he pretendido equiparar a España con el suido, en cuanto al otro, cada cual que saque sus propias conclusiones. Lo he dicho en otro de mis artículos y lo volveré a repetir: el peligro que tenemos con este Gobierno que estamos padeciendo es que, con su afán federalista, –con las peticiones continuadas y no refutadas de independencia por parte de Catalunya, el País Vasco ( no olvidemos que las negociaciones con ETA sólo están interrumpidas y que, si gana las elecciones ZP, podemos estar seguro que se reanudarán), Galicia ( ya enseñan sólo en gallego) y, si nos descuidamos, de la propia Andalucía ( vean la polémica que se ha armado con lo Blas Infante, un africanista convencido y un separatista demostrado, a quien, no obstante, han nombrado en el Estatuto andaluz, como “ hijo predilecto”)– se va a cargar a la España de todos, la de la solidaridad y la de la unidad, para convertirla, en un primer paso, en una república federal como prólogo que se forme una nación de naciones o, lo que es lo mismo, la situación ideal para que los países limítrofes se repartan sus despojos; en cuyo caso, no les quepa duda de que, tanto Ceuta como Melilla, acabarían absorbidas por el Islam.

Pero, no se admiren de que, al final, el PSOE se lleve el gato al agua, porque los españoles ya no somos lo que éramos; la podredumbre separatista está en metástasis y parece que una gran parte de la ciudadanía ha perdido el amor a nuestra tierra, sustituyéndolo por el cariño a si mismo, sin preocuparse más que en vivir el presente y despreocupándose del futuro de las nuevas generaciones, entre las cuales, por supuesto, están sus propios hijos. Claro que, con esta ética y moral que se nos predica, lo más probable es que todos acaben en un hospicio o víctimas de la eutanasia. ¡Se lo habrán ganado a pulso!

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