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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Retorno al torrezno

Ángel Sáez
Ángel Sáez
lunes, 12 de noviembre de 2007, 02:43 h (CET)
(ENTRE LA DICHA Y EL ALIPORI)

A Simeón González, una buena persona, que no olvidaré mientras viva; de quien acaban de darme la triste nueva de que, hace escasas horas, ha fallecido; porque nunca le agradecí, como debí hacerlo, la compañía que me proporcionó in illo témpore, cuando, tras sufrir servidor un accidente de tráfico (en el que, por cierto, murió mi único mecenas y primer muso, mi dilecto hermano José Javier) y durante los más de tres meses que permanecí ingresado en el hospital, acudió a diario a la vera de mi cama, donde estaba postrado, a hacerme su benéfica y proverbial visita.

(Breve aclaración preliminar: no sé a usted, desocupado lector, pero a mí los torreznos suelen regurgitarme, o sea, repetirme.)

Felizmente, la pesadilla ha terminado. Los tres españoles que aún permanecían detenidos en Chad ya están en casa, libres, exonerados de toda culpa o delito. Me alegro sobremanera, de veras, por ellos y por sus deudos y amigos, para quienes también habrá concluido y coronado el mal sueño. La noticia de su liberación es la nueva que todo español de bien deseaba. Sin embargo, la lógica celebración por su regreso, ¿no se ha visto a(du)lterada, esto es, empañada, por la tajada torticera o el rédito propagandístico que el Gobierno ha pretendido sacar del inconcuso “evangelio”?

Tengo para mí que, en este affaire específico, el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, no sé si aireando su vigencia, dando validez o haciendo caso a su primer apellido, ha demorado el acierto. El jefe de la diplomacia española ha estado lerdo.

Asimismo, considero que el exceso de propaganda viene a corroborar mi tesis y es la prueba del algodón o su síntoma característico, ya que indica más la mala conciencia que el Gobierno tenía por la tarda gestión inicial, ante la susodicha crisis, que cualquier otra cosa.

Reconozco sin ambages que las imágenes que vi ayer por televisón me dejaron una sensación contradictoria, agridulce. Si, por una parte, la repatriación de los tres españoles me suministró dicha, por otro lado, el uso (más bien, abuso) que del suceso hizo el Ejecutivo, quiero decir, su desmedido autobombo, me produjo alipori.

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