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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

La gota que colma el vaso

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 11 de noviembre de 2007, 05:08 h (CET)
Hace unas semanas el ex presidente de la Generalitat de Catalunya, Jordi Pujol, sintetizó en una sentencia la situación actual entre Cataluña y el resto del estado español. Concretamente dijo: “los catalanes no nos hemos gustado, no hemos gustado al resto de España y el resto de España no nos ha gustado.”

Dos han sido los hechos cruciales para llegar a esta conclusión. Primero, la elaboración y aprobación de la reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña. Segundo, la llamada crisis de las infraestructuras, tomada de modo genérico.

Tras la aprobación por parte del parlamento catalán de la reforma de su Estatuto de Autonomía, se ha generado un seguido de actuaciones que han podido influir en la opinión pública de dentro y fuera de Cataluña.

Algunos sectores se contentarán achacando exclusivamente al Partido Popular las declaraciones y las acciones fuera de tono. Pasarán por alto entonces que también algún militante socialista atacó duramente el texto, y no solamente su adecuación a la Constitución. Incluso uno de ellos se jacta de haber conseguido un ordenador por alumno en su comunidad autónoma (cosa inimaginable en la escuela pública catalana).

A todo esto, el único órgano capaz de sentenciar la constitucionalidad del nuevo Estatuto está más cerca de ser una comisión del Congreso que un órgano que ha de velar por la adecuación al texto constitucional de las acciones y las leyes.

Y con el procedimiento de inconstitucionalidad en curso (promovido, ahora sí por el PP), emerge el apagón del estío y el despropósito de la alta velocidad ferroviaria. Los catalanes vuelven a quejarse. Dan la impresión de no estar nunca contentos. Tras mejorar sus competencias estaturarias piden la transferencia de la gestión de cercanías: medida primero criticada por todos, luego ansiada y concedida al resto de autonomías.

Cuando se les exige responsabilidades, los dirigentes de hoy denuncian la falta de inversiones de legislaturas anteriores y la ministra de fomento cree que es criticada no por su labor, o su ausencia de labor, sino por ser mujer y andaluza.

Así es como “el cabreo, el recelo, el pesimismo y la desafección” a los que se refería Montilla en la entrega del premio Blanquerna, han llegado a establecerse finalmente en la sociedad catalana.

Es cierto que la mayoría no queremos la independencia pues nos unen lazos de sangre a otras autonomías. Pero no es menos cierto que ese “cabreo” (recíproco, sin duda) nos aleja cada día más de la España institucional y de los devotos de la política unificadora.

Montilla lo dijo el miércoles: “España ha de ser plural, o no será.”

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