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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

¿Democracia libertad de expresión?

Marino Iglesias Pidal
Redacción
sábado, 10 de noviembre de 2007, 14:24 h (CET)
“¿Cómo voy a condenar lo que, sin duda, representaba a un sector muy amplio de españoles?” "¿Por qué voy a tener que condenar yo el franquismo si hubo muchas familias que lo vivieron con naturalidad y normalidad?” “Era una situación de extraordinaria placidez”.

¡Menuda ocurrencia fascista! De Oreja respetable a ente despreciable en menos de un plisplás mensurable. Ni siquiera había terminado de soltar la zeta, ¡qué bella zeta la de placidez! y no como la de “deszerebrado” jajajaja…No puedo evitar el jajajaja… sigo con él aunque no lo teclee, pero es que el pensamiento me estaba dictando: “no como la de deszerebrado, que ni siquiera admite el diccionario desalmado”, e, inmediatamente que escribo la inadmisible, antes de pulsar la coma, saltó Word a confirmar mi pensamiento haciendo la oportuna corrección. En fin. ¡Por qué el pueblo no será como Word!

Iba a decir que no bien pronunció la zeta el bueno de Jaime cuando, el consabido personal comenzó con su no menos consabida sarta de improperios, con sus gestos y tono impostados extraídos del manual “Cómo hablar para un público sin muchas luces o con ellas convenientemente apagadas” increschendo a intervalos a fin de marcar las pautas apoteósicas.

Pero las apreciaciones del señor Oreja sobre las posturas de muchos españoles durante el franquismo son irrefutables por atenerse a verdades acontecidas. Y, hasta donde yo sé, lo más que se ha logrado en esto de irse atrás en el tiempo – la única forma de borrar lo ocurrido, tal como le vi hacer a Superman en una de sus películas para no perder a Luisa – es experimentar en el laboratorio la llegada de una partícula antes de su salida. Así que, guste o no, lo, al menos de momento, inamovible no puede moverse.

¡Eso sí! Puede recurrirse a ello pintando las palabras con el color que se quiera, porque a disposición de la plaga de “democráticos” vivos y vividores se hallan la infinitud de colores. El rojo de la sangre derramada durante la guerra civil española es a un tiempo su argumento de subsistencia, su escudo y su espada. Es la pancarta monocolor que exhiben como definitiva y definitoria del franquismo.

Yo no he vivido la guerra, y mi corta edad, una madre incansable y un padre con un par de atributos indoblegables me libraron de conocer el significado de la posguerra y de padecerla en demasía.

Cuando el tiempo me dotó de la facultad de “ver”, ¿qué visión me ofrecieron los días franquistas? No la de una España inundada por un mar rojo de sangre. He visto una España cubierta de verdes campos de esperanza aireados por el vivificante soplo de la voluntad y regados con el efectivo y digno sudor del trabajo. Una España en la que la mayoría de las cosas estaban en su sitio. La basura, por ejemplo, no ofendía los sentidos porque se hallaba en el lugar que le corresponde: el basurero.

¿Qué visión ofrecen los presentes días engalanados de talantosa libertaz? Vomitiva. La de una España convertida en inmenso rastro donde impunemente se exponen todas las inmundicias, impunes, generadas por un ser humano degradado y sin control. Una España en la que hasta el individuo con mínimos valores ha de estirarse para no ahogarse en el miasma que ya ha alcanzado el nivel de su nariz.

Y ésta, mi visión honesta, es la que me lleva a romper una lanza en favor de la sinceridad del señor Oreja.

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