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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Zapatero y la España que soñó Azaña

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 9 de noviembre de 2007, 02:01 h (CET)
Las palabras y las convicciones de Zapatero producen un encogimiento vital. Al presentar las Obras Completas de Azaña, el presidente del Gobierno sostiene que la democracia de hoy es “la España que soñó Azaña”. La abrupta aseveración de Zapatero me recuerda una sentencia más inquietante y estremecedora de Horacio, cuando dijo: “nuestros padres, peores que nuestros abuelos, nos engendraron a nosotros aún más depravados, y nosotros daremos una progenie todavía más incapaz”. Zapatero no siente ningún rubor en afirmar que la República encarna la plenitud de los tiempos, y ésta ya ha llegado, una completa madurez de la vida histórica y política. Zapatero cree que la vida de España ha llegado a ser lo que debía ser, lo soñado por Azaña, lo que desde muchas generaciones se venía anhelando que fuese, lo que siempre tenía que haber sido. ¡No me digan que Zapatero no es un auténtico iluminado!

Revisar una herencia yacente, apelar a una vigencia absolutamente sepultada, y revolcarse en ella con regocijo conmueve hasta la extenuación. Las convicciones del presidente del Gobierno constituyen sus propios límites y su más vulnerable ausencia de mérito. Toda obstinación en traer al presente su otra soñada vida republicana se vuelve contra él, lo hace más débil, mucho más dogmático que la presunción ingenua y el discreto encanto del talante que imagina encarnar. La formidable y abrumadora dictadura de las buenas maneras ha dejado de ser persuasiva para el ciudadano inteligente. Aunque prefiera “jugar con las palabras a golpear con ellas”, como respondió a Cebrián - algo que le honra y le hace más digno -, no acierto a comprender que el presidente del Gobierno de una Monarquía Parlamentaria invoque con veneración entusiasta la República. El presidente se siente afín con un lejano pasado y se percibe a sí mismo como naciendo de él, heredándolo y perfeccionándolo, hasta llevarlo a su más dorada plenitud. ¡No me digan que Zapatero no es un ángel terrible!

Si Zapatero – digámoslo abiertamente - cree ser la viva reencarnación de Azaña coronado y ensalzado, queda una alternativa: o la democracia se aleja de este muerto viviente, o sobre la Nación gravita una época llena de incertidumbre. Me sobrecoge el dramatismo que pueda esconder su bendita y estreñida sonrisa. Zapatero da síntomas evidentes de fatiga. La turbulenta aspiración de una perfecta República sobrevenida agota su mente, sin posibilidad alguna de verse transformada. El entusiasmo incontinente de Zapatero por la República, su retraimiento hacia aquella siniestra época de nuestra historia le hace un gobernante poco inspirado y nada estimulante de cara a las urnas. Si no fuera cómico escuchar cómo Zapatero ridiculiza la nación española, sería grave esperar que su deseo inveterado de volver al pasado, esperando poco menos que la salvación de la humanidad con el advenimiento de la República llevada a su perfección ulterior, pudiera dignificar la especie. Me aterra que me unja Zapatero con su culto a la República, síntoma de inspiración pueril o de perversa zafiedad. Me aturde que Zapatero confunda su centro cordial con sus tomas de decisiones de buen gobernante. La insistencia de volver hacia atrás deslegitima la acción de su Gobierno. ¿O es posible acercarse a la República sin aflicción?

No es el ayer lo decisivo para que una nación exista. Las naciones se forman y viven de tener un programa para mañana. Y ese programa es un error que sea el de un pretendido y excluyente pasado. Desprovisto de cualquier ejemplaridad comienza a quedarse Zapatero, sin capacidad de liderazgo para entregar ilusionado el destino de un pueblo. Abandonado incluso por los suyos, ya son pocos los que quieren pronunciar la Z asesina, porque todos se creen capaces de hacerlo mejor. Adoctrinar lleva consigo la posibilidad de no escuchar, de cerrar herméticamente los oídos ante la necedad de una quimérica República. El ideal que eleva como paradigma el presidente del Gobierno no se puede construir en la sociedad, porque sólo existe en su pequeño mundo imaginario.

Nietzsche sostenía que en nuestra vida influyen no sólo las cosas que nos pasan, sino también, y acaso más, las que no nos pasan. Zapatero aborta una etapa de mayor excelencia en la vida política. Cuando no se puede seguir a los mejores, hay que suplantarlos. Si, como sentencia Ortega, “las elecciones no son sino una consecuencia de lo que se habla y de cómo se habla”, a Zapatero le queda poca lectura que pronunciar. No basta con las mejoras políticas (en el caso de que las hubiere), sino que hay que seleccionar a los mejores. Resucitar la República es gobernar contra la opinión pública, manifestar una torpeza inusitada, no ver que la Nación no aspira a su perfección recordando que, al parecer, según el poeta, cualquiera tiempo pasado fue mejor, y aquí hay alguien que ha sido capaz de consumar y llevar a feliz término un pasado glorioso y mejor. ¡No me digan que Zapatero no es el Mesías esperado!

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Roberto Esteban Duque es doctor en Teología Moral.

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