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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

En descredito de la inteligencia

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 9 de noviembre de 2007, 02:01 h (CET)
“-Nuestro español bosteza.
¿Es hambre? ¿Sueño? ¿Hastío?
Doctor, ¿tendrá el estómago vacío?

-El vacío es más bien en la cabeza.”


Antonio Machado

El hombre de hoy suele creerse dispensado de ser inteligente. No ya el político, el tecnócrata, el profesional, el artista o el escritor, sino incluso específicamente el “intelectual”. No digo con esto que haya menos hombres “inteligentes” que en otras épocas, si por ello se entiende que sus dotes psicofísicas sean inferiores; por el contrario, creo que dentro que lo llamamos historia, por oposición a la prehistoria, las dotes del hombre han sido estadísticamente muy comparables. Lo que importa no son las dotes, sino lo que se hace con ellas. Ser inteligente nos quiere decir “poseer” ciertas “facultades”, sino usarlas en cierta manera, abrirse a la realidad y dejarla penetrar en la mente, oprimirla en conceptos y obligarlas a soltar su zumo, ligar una cosa a otra con conexiones racionales.

El fenómeno que me inquieta no tiene raíces biológicas o psicofísicas, sino sociales. Se trata de que la inteligencia ha perdido vigencia y prestigio, ha empezado a ser menos estimada, y eso ha producido su mengua. Lo que ha acontecido, lo que está aconteciendo ante nuestros ojos distraídos, es nada menos que el menoscabo de la inteligencia.

En las primeras décadas del pasado siglo, la inteligencia irritaba profundamente a muchos hombres -no se podía entender la floración de los fascismos sin tener en cuenta esta actitud-. Pero irritaba precisamente porque tenía prestigio y vigencia, porque se la estimaba enormemente, porque se la deseaba, se la consideraba necesaria, su ausencia se sentía como privación.

Esto es lo que ha cambiado; la inteligencia apenas irrita más que a los supervivientes de generaciones que conocieron la situación anterior; ahora más bien es olvidada, omitida, pasada por alto; no se la percibe, ni la echa de menos; apenas se la envidia; no se distinguen bien sus grados. Adviértase que es infrecuente que se elogie a una persona por su inteligencia -ni siquiera a un intelectual-; se suele encomiar su información, sus realizaciones, más todavía su orientación o filiación; se alabará a un intelectual por ser de tal observancia, no por ser inteligente; y el intelectual no se molestará casi nunca en justificar lo que dice o en mostrar la agudeza o rigor con que su teoría se ajusta a la realidad, sino que proclamará que “eso es lo que interesa” o “lo que cuenta” o que “ese es el sentido de la historia”.

La causa real de la disminución efectiva de la inteligencia en los primeros años del siglo XXI es su deterioro o deslustre, el haber perdido “parte de la estimación o lucimiento que antes tenía”. Porque es menos estimada, la inteligencia es menor.

Estamos en uno de los momentos en que los hombres “públicos” han sido menos interesantes. Haga el lector el experimento de intentar recordar quiénes gobiernan en los demás países -desde cierto nivel, incluso en el propio-; encontrará que en inaudita proporción no lo sabe; y cuando lo sabe, apenas sabe más que el nombre, sin que el gobernante se presente a sus ojos con una figura personal, con un contenido humano, mental o programático identificable. Es un hecho que los hombres notoriamente inteligentes rara vez ocupan puestos directivos, y si los abandonan esto no se siente por casi nadie como una pérdida grave: son fundamentalmente “prescindibles”.

Véanse los elogios que se tributan por los críticos a los artistas, a los literatos: rara vez apuntan a la inteligencia, a la comprensión de la realidad. Y ¿qué duda cabe de que el arte, no ya en sus formas literarias, sino la música o la pintura, es siempre comprensión, interpretación de la realidad, y que puede y debe ser inteligente, aunque no sea conceptual? ¿No es evidente la inteligencia de Leonardo, Velázquez, Rembrandt o Picasso, la de Mozart, Beethoven, Debussy o Falla, la del Dante, Petrarca, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, Bécquer, Baudelaire, Rubén Darío, Neruda, Machado o Lorca? Yo me pregunto si es algo semejante lo que se busca, lo que se desea, lo que se exige o se estima.

Esa falta de estimación social de la inteligencia como tal, el que haya dejado de ser “requisito”, conduce al descenso de su nivel afectivo. Falta la necesidad, el estímulo, más que nada el “contagio”: el pensamiento es algo que se hace normalmente porque se ve cómo funciona -esta es la única justificación seria de eso que se llama un profesor-; cuando empiezan a faltar los ejercicios de inteligencia, es más infrecuente su espectáculo y por tanto su contagio, y por consiguiente la probabilidad de que se engendren nuevos focos disminuye. Es una reacción en cadena, y muy rápida.

Por esto son posibles las “épocas estúpidas”, en que la inteligencia parece haberse atrofiado, en que casi nadie es inteligente -aunque las dotes permanezcan iguales-. Cuando no se espera, reclama, exige una conducta inteligente, se bajan las defensas, se deja que penetre en la mente el tópico, la consigna, la moda; y entonces es infrecuente que nadie se encuentre con un ejemplo vivaz, ejecutivo de pensamiento inteligente, y que en él se encienda una luz análoga.

Son constantes los cambios de posición de muchos hombres públicos: hoy defienden lo que ayer atacaron y combatieron; vilipendian lo que hace poco ensalzaron, se horrorizan de lo que les pareció admirable. A veces estas transiciones son mágicas y sin que vea el camino recorrido ni el porqué de la variación, lo cual hace sospechosa su honestidad; a veces la honestidad queda a salvo, porque se justifican, se hace la oportuna rectificación; pero en todo caso queda en pie el problema de la inteligencia: los que tan hondamente han cambiado, es porque se equivocaron, porque interpretaron injusta y erróneamente la realidad. ¿Es que plantea siquiera la reflexión de que una u otra conducta es acaso menos inteligente? Y es que, como dijo el poeta: “No hay que fiarse ni un pelo / de los que de modo igual gritan: “¡Vivan las cadenas!”/ o “Viva lo liberal”...”

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