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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Campaña publicitaria de la Iglesia católica

Roberto Esteban Duque
Redacción
miércoles, 7 de noviembre de 2007, 23:51 h (CET)
No hay sociedad sin la vigencia de cierta concepción del mundo. Hoy en España faltan principios de convivencia que sean vigentes y a los que se pueda recurrir sin dificultad. Una parte de España - que no sería honesto polarizar en términos políticos - se afana en hacer exitosa una determinada escala de valores novedosos, mientras que la otra (si es que resulta afortunada la distinción) se esfuerza en defender los tradicionales. Esta es precisamente la mayor prueba de que esos principios no son vigentes, no pueden considerarse máximas ni paradigmas a los que se pueda apelar. No existe, por decirlo con palabras de Ortega, una “vigencia colectiva” que nos ponga de acuerdo sobre el valor de una libertad incapaz de realizar su anclaje en la verdad (más bien se desgaja de ella), o sobre el falso supuesto de una igualdad capaz de generar comportamientos comunes.

Si el poder político aprendió a organizarse desde el primer Estado que fue la Iglesia católica, ahora la misma Iglesia busca su fortaleza como institución a través de lo que la misma sociedad le ofrece. Entregados como en España vivimos al imperio de los medios de comunicación social, la Iglesia cree necesario realizar una “macrocampaña” informativa sobre lo que ha hecho y lo que todavía queda por hacer. Lo cual significa que los principios de la Iglesia, y, de un modo especial, sus actuaciones sociales, lejos de estar arraigados en la nación, son ignorados por buena parte de la masa social, y que sus instancias constitutivas no son inveteradas en el entramado de la convivencia. Más bien resulta azorante y perplejo justificar el comportamiento de ciertas actitudes desde la moral católica, una moral que no acaba de arraigar en el ciudadano.

Si la aportación a la Iglesia católica es sustantiva podríamos pensar que la sociedad considera vigente un determinado paradigma de hombre, además de verse reconocida la misma Iglesia como una de las más potentes instituciones educativas y morales de nuestra nación. El contribuyente establecerá el veredicto. Al mismo tiempo, la Iglesia influirá más en la sociedad cuanto mayor sea la confianza real de reconocimiento de su misión, cuya naturaleza, esencialmente religiosa, espiritual y moral, deberá verse refrendada en su quehacer pastoral.

En una nación donde no exista la necesidad de perfección en el trabajo, la familia y la vida personal; donde no se advierta la necesidad de elevación y entusiasmo por lo superior y excelente; donde no haya reconocimiento público de la Religión como instancia fundante del comportamiento y de la convivencia humana, es muy posible que sean los peores y menos cualificados quienes ejerzan mayor influencia. Si la comunidad católica española no abre un margen de confianza y de adhesión en la Iglesia, la percepción que la misma Iglesia tenga de sí misma no será adecuada ni justa, al pensar que los hombres que la formamos no somos presencia de Cristo en el mundo ni agentes de humanidad.

Pero la Iglesia también deberá empeñarse más y mejor en su tarea. Las épocas de decadencia de una sociedad son épocas en que la minoría rectora pierde sus cualidades de excelencia. Si la nación española no valorase rectamente lo que la Iglesia ofrece, podríamos concluir que es la misma Iglesia quien ha puesto a la sociedad en su contra. No puede verse amenazada la Iglesia por la sociedad, porque la causante de su decadencia sería la negligencia de la misma Iglesia. Es decir, la docilidad sólo es posible como respuesta a la ejemplaridad. Lo que mejor define a un pueblo es el modelo que elige. La misma sociedad definirá con un gesto sencillo el modelo de institución que quiere hacer vigente y obtener. Una comunidad humana no puedo preferir entre muchos estilos de vida: o vive según sus convicciones, o no vive. Los católicos deben estar a la altura de las circunstancias, sin refugiarse en el pasado, mirando con esperanza hacia el porvenir. Sólo cabe empeñarse en una tarea que es de todos, interesarse por el fin último del hombre que propone la Iglesia y que debe configurar hasta determinar con ilusión su propia vida.

La Iglesia católica no pide para sí misma. Mi nómina es de 735 euros mensuales, y seguirá siendo muy parecida en un futuro. La Iglesia trabaja para los pobres, para que todo hombre, más allá de cualquier identidad étnica o religiosa, profesional o de género, alcance una vida digna y lograda. La Iglesia ve el amor al hombre como un rasgo humano fundamental y como la mejor respuesta a un Dios que ha querido hacer morada entre nosotros. El caudal obtenido por la Iglesia católica a través del IRPF a partir del próximo año desvelará la vigencia de las categorías fundamentales de su propia existencia, la fe y la caridad como instancias capaces de actuaciones excelentes en la comunidad humana.

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Roberto Esteban Duque es doctor en Teología Moral.

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