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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Confianza rota

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 5 de noviembre de 2007, 00:51 h (CET)
Estos días se reprodujo en el Diario Médico un artículo de Charlotte Allen, “¿A quién ayuda en realidad un TESTAMENTO VITAL?”, que me interesa sacar a colación, por su planteamiento de temas candentes para los enfermos y todos lo somos en potencia. Sus razones comienzan a raíz de una mamografía con diagnóstico de cáncer de mama, siguen con el preoperatorio y el ingreso posterior para el consiguiente tratamiento. Comenta algunas vicisitudes vividas como paciente. Menciona cuatro situaciones a las que me referiré sucesivamente, con incidencia especial en la delegación de decisiones sobre la terapéutica posible en momentos delicados para la salud. Son inquietudes muy palpitantes y actuales. Cómo pensarlas con la suficiente serenidad y sinceridad, se convierte en un imperativo. ¿Cuál es la realidad?¿A qué nos enfrentamos?

En cada acercamiento al hospital, para ella en 5 ó 6 ocasiones, se le interrogaba de manera insistente, auténtica presión, sobre si había firmado ese documento. Lo que es una opción posible, se transformaba en una requisitoria impertinente. ¿A qué venía semejante insistencia? En ese documento tan repetidamente solicitado, se citaban conceptos o técnicas fuera de contexto; se trataba de firmar algo para un posible futuro, asumiendo detalles intrincados, a veces desde su misma denominación. “Tenía que decidir sobre COSAS COMPLICADAS” nos dice Charlotte. ¿Reanimación después de una parada?¿Cómo serán las circunstancias de esa parada?¿Cómo valorar la situación de conjunto y su estado en ese supuesto? Ahora debía firmar o no, si deseaba ser reanimada. ¿Qué piensa de la respiración asistida mecánicamente? ¿Se niega a ser alimentada artificialmente?¿Sueros?¿Análisis?¿Pruebas? Se enfrentaba a una serie compleja de variables y conocimientos, con influencia de la edad, reversibles o no, grado de sufrimiento, etc. Si la complicación es notoria para algunas decisiones, aún con los datos profesionales actualizados e inmediatos, cómo será mi decisión de mero paciente ahora, alejado de las verdaderas circunstancias del momento. ¿Qué pretende la obtención acuciante del documento firmado?.

También es morrocotudo su siguiente comentario; escribe en párrafos posteriores, “Tengo la impresión de que eso significa que morirás cuando una serie de intelectuales crea que es oportuno”. Ya se habrían desviado los poderes hacia unos profesionales, a lo sumo hacia un comité; uno se desligó de futuras consideraciones y separó a sus íntimos del proceso. Además, se lamenta de la desintegración del famoso Juramento Hipocrático. ¿De que sirven juramentos y promesas en los ambientes de hoy? Intereses económicos, gestores politizados, intervención directa para provocar la muerte, suicidios asistidos en residencias geriátricas. De qué se podrá uno fiar, con qué rasero; el propio enfermo se aleja de la vivencia directa y los límites se los van a marcar artificialmente. Con los Derechos Humanos se originan comportamientos con esas tendencias, no se cumplen y se desdibujan. Justo cuando se resquebraja la estructura de los puntos de apoyo, se solicita una CESIÓN, una delegación a largo plazo, de nuestros criterios. ¿Cómo sucederán las cosas?¿Quién establecerá la garantía y responde por ella?

Comienza a dominar la gestión administrativa, “Que más bien arroja una sensación de negatividad al paciente, en vez de hacerle afrontar las operaciones quirúrgicas con confianza”, según las palabras de Charlotte. A las angustias propias de la enfermedad, se suma la incomodidad, cuando no auténtica inquietud, precisamente ante decisiones que requeririan la mayor confianza. Sus reflexiones nos llevan a la consideración de la PIRÁMIDE sanitaria; sin duda es compleja y costosa, exige muchas labores organizativas y desvelos. Por esa misma razón aumenta la pertinencia de la pregunta, ¿En qué ubicación queda el enfermo? Aquí no valen retóricas populistas o electorales si el enfermo se ve arrinconado en las cámaras oscuras de la pirámide. El desliz se atribuye a necesidades derivadas de cuestiones ajenas al sufriente. En este entramado necesario y complejo, ¿El paciente ocupa el lugar adecuado?¿Cómo se siente uno en esas situaciones?

Luego se refiere a las ÉTICAS y bioéticas como filtro de posibles procedimientos anómalos. ¿Eficaces?¿Acomodaticias? Comenta, “Y si cree que los bioéticos se van a erigir en salvadores de la vida frente a estas decisiones, quizá se equivoque”. Pienso que no debemos endosar la responsabilidad de una decisión a los comités bioéticos, su distanciamiento y sus insuficiencias operativas, les mantiene en labores de mentalización y asesoramiento. Otra dificultad entorpece su eficacia, su adaptación a criterios de aquí y de allá, les suele conducir a dictamenes diferentes y no pocas veces contradictorios. En Holanda, en España o en Japón, pueden ser muy distintas las posturas. La labor encomiable y bienintencionada de los bioéticos está en otra dimensión; la toma de postura y el procedimiento exigen posiciones directas y cercanas. Por todo ello, el dilema para el enfermo es más inmediato y las disyuntivas provocan sentimientos y actuaciones perentorias. Una cosa es el consejo, y muy distinto el día a día concreto.

Desde una posición cercana al trabajo diario de los diferentes profesionales sanitarios, con atenciones a enfermedades variadas (Tumores, Sida, infecciones, cirugía, etc.) y personas de características comunes o exóticas; me parece oportuna una precisión, los encarnizamientos terapéuticos nunca son un objetivo y la ASISTENCIA DIGNA a los pacientes graves es la regla. Si en alguna ocasión esto no es así, nunca lo veo como justificación generalizadora desde otras posturas. No conviene crear un mito basado en una falsedad que nos mantenga engañados a casi todos.

Más allá de la crítica, me sorprende la frecuencia e insistencia en propugnar Grandes Hermanos determinantes de conductas concretas. Olvidamos con facilidad que su pretendida grandeza muestra enormes defectos en múltiples facetas. Uno de los principales errores consiste en el desplazamiento del protagonismo. Se desdeñan las minucias individuales, sacrificadas en aras de la masificación, de una globalidad potente e indiscutible, que tristemente puede ser mema e idiota.

Las consideraciones personales y familiares, los mismos procesos patológicos, presentan las suficientes PECULIARIDADES para que se exija una valoración adaptada a cada caso en particular. La confianza se basará en unos procedimientos bien orientados, pero también resulta crucial la seguridad de su participación en las diferentes fases, quieran o no se ven abocados a la vivencia de la enfermedad. Una excesiva delegación aparta al principal protagonista del meollo asistencial y la confianza se deseintegra. ¿Nos interesa pensar en todo eso?

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