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Buñuelos y huesos de santo

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 4 de noviembre de 2007, 08:07 h (CET)
Todos sabemos que la cruz, entre otros significados, tiene el de ser el símbolo que aparece impreso arriba o al lado de una persona fallecida. En ocasiones, el mismo símbolo se repite, entre paréntesis, entre los familiares apenados, es la aclaración de que esa persona (hijo, nieto, etc...) falleció antes que su madre, tío o abuelo. Es en ese caso cuando no puede rogar una oración por el eterno descanso de su familiar desaparecido, no podría, simplemente porque él mismo ya disfruta del descanso eterno.

Perdonen, perdonad que este sábado con poco a sol y a solas me ponga tan fúnebre, pero qué quieren, estamos en los Santos, y a pesar de que se llama así, Fiesta de todos los Santos, la adornamos con flores y frutos secos como la ricas nueces, bellotas y castañas, frutos secos que invitan a ser asados a las brasas de la lumbre agradecida de los primeros fríos. Pero también nos rodeamos de dulces con denominaciones alusivas a estas fechas como los riquísimos huesos de santo y los buñuelos de viento que degustamos sin pudor alguno por los “santos”.

Hemos de reconocer que es un tema tabú la muerte, la adornamos con demasiados elementos para encubrirla, para taparla y esconderla, para no hablar de ella porque aunque la notamos segura, la vemos siempre lejos, perteneciente a un futuro incierto que nos llegará tarde, tarde..., cuando todos seamos viejecitos. Pero sabemos por muchas experiencias dolorosas que no siempre es así. Hace unos días murió el padre de una compañera, puede que con final temido y esperado por edad y grave enfermedad, pero sólo a quienes nos falta el padre sabemos de lo que esa pérdida representa y del vacío que deja en la familia, en la casa, en la vida...

En estas fechas que andamos recordando a los difuntos y que se les venera en la forma que cada familiar elige, es cuando la muerte y la vida se unen por el calendario anual, porque el calendario individual e íntimo de cada uno de nosotros nos transporta a las fechas en las que hemos perdido a nuestros familiares, fechas muy marcadas.

El tiempo siempre va unido a la muerte, decía un personaje ilustre que no quiero citar en este escrito, decía que se sentía un ser privilegiado por conocer, por próxima, la fecha de su muerte. Decía que a otros no avisaba, un accidente de tráfico, un ataque fulminante, un infarto... pero que en su caso podía despedirse de sus familiares e incluso dejar terminadas algunas tareas importantes, realizar algún pospuesto viaje...

Puede que llevara razón el pobre hombre pero, quién es quien desea saber todo sobre su vida, incluso hasta la misma fecha de su muerte. El miedo a la muerte es un temor lícito de todos ser viviente, incluidos los de mayor fe religiosa o espiritual. Ese temor te provoca escalofríos cuando se acerca a tu trabajo, a tus amigos, a tu familia, incluso a seres desconocidos que mueren a miles de kilómetros. Recuerdo una obra de teatro de Francisco Nieva de la que no recuerdo el título donde los protagonistas se ven obligados a convivir con sus propios difuntos, a tratar de entender el fin de la vida. Y sin embargo, pese a que el fin de la vida es intrínseco a la propia vida no nos acostumbraremos jamás a la muerte.

Les confieso un secreto, en un primer momento pensé titular este escrito con una cruz, pero al finalizarlo me di cuenta que mi nombre estaría justo debajo y por un “yuyu” extraño lo cambié por “Buñuelos y huesos de santo”. Sé que es un tema más pero, ¿qué quieren?, me merece el mayor respeto, vamos, ni Halloween ni entierro de sardina me atrevo a celebrar por su temática. Mejor adornémoslo cada año con flores, oración, nueces, castañas, buñuelos y huesos de santo.

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