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La soledad del cementerio

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 3 de noviembre de 2007, 00:30 h (CET)
“-¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”


Gustavo Adolfo Bécquer

En este año de 2007 en el que nadie parece acordarse de lo que había dicho ni parece interesar lo que se pueda decir, pudiera suceder que en este día de Difuntos la palabra soledad recobre su pleno sentido.

Cervantes, Góngora, Lope, Zorrilla, Ferrán, Bécquer, Machado... expresaron el sentimiento de la “soledad” de manera propia y característica.

Este año, a punto del bicentenario de la Constitución de Cádiz, del que no se deja de hablar sin que se haga nada por la “cuna de la libertad”, nos ha traído una oleada de recuerdos. Lope nos dice en un romancillo: “¡Pobre barquilla mía / entre peñascos rota, / sin velas, desvelada / y entre las olas sola!” Una soledad, tan múltiplemente acompañada, supone el serlo precisamente por esa compañía: la de las olas que no pueden dejar de pluralizar su soledad, sus soledades sin dejar de serlo. Y si notamos que este verso tan romántico como barroco, viene precedido de aquel otro, ambiguo, equívoco también de “sin velas, desvelada”, todavía se enciende más y más a nuestros ojos la imagen misma, que precedida de este verso, se resalta. Y máxime, en esta ciudad trimilenaria que es como una blanca vela siempre al viento desplegada. La “pobre barquilla” (como el alma del poeta) rota, desbaratada, entre los riscos y peñascos en que se estrella, al pelear, sola y desmantelada, desvelada, entre las olas que la sostienen, para acabarla. Y aún doblemente desvelada: sin velas y como desnudamente vigilante; condenada a esa tremenda vigilia sin sueño de su solitaria agonía... “Dejadla morir en paz -podría decirle, siglos después, otro poeta, este enteramente romántico-: dejadla morir en paz, a solas con su agonía”.

¿Qué soledad es ésta? ¿De quién son estos versos que en este año desesperanzado de 2007, nos suenan y resuenan en el corazón al evocar, desde un cementerio condenado a muerte, como es el de la ciudad de Cádiz, la equívoca imagen romántica-barroca de la soledad?

Estamos en el mes de noviembre, en el mes de los muertos. En el mes de noviembre se celebra en España el culto popular a los difuntos con el drama fantástico de Zorrilla, Don Juan Tenorio. Al que calificó Azorín, de “el drama más excelso de todo el teatro español”. Con esos versos, estamos al final del drama maravilloso de Zorrilla, cuando Don Juan, el burlador y burlado Don Juan, grita a sus espectros y fantasmas mortales: “Dejadme morir en paz / a solas con mi agonía”.

¡Morir en paz y en agonía!... ¡Paradoja al canto! Sí, claro, porque éste es otro canto, siendo el mismo y el mismo cuento: el de la soledad. Este es ya otro cantar. Cantar andaluz y romántico de soledad. De humana y divina soledad.

En el cementerio a la luz de la luna, exclama Don Juan: “¡Y... siento que el corazón / me halaga esta soledad!”. Hay un canto a la soledad en esa sublime escena nocturna. Por eso la evocamos ahora. Esa soledad que halaga al corazón de Don Juan, ¿qué soledad es ésa?... ¿Una soledad andaluza como la que canta el pueblo en lo más íntimo de su ser?... ¿Qué soledad?...

Recordamos los admirables versos de nuestro olvidado poeta Augusto Ferrán: “Pasé por un bosque y dije: / “aquí está la soledad...”, / y el eco me respondió / con voz muy ronca: “aquí está”. / Y me respondió “aquí está” / y sentí como un temblor, / al ver que la voz salía / de mi propio corazón”.

Este cantar de soledad andaluz tiene acentos de íntima lejanía. Todo lo mejor de la poesía romántica se apura y depura en estos versos.

En el día de Difuntos de este 2007 que agoniza, aquí en este cementerio de largos y profundos silencios donde se cerraron las puertas de ese soñar que es el vivir. En esta soledad de soledades, me llega un eco de palabras mudas: “¡Ay de mí! Por más que busco / la soledad, no la encuentro; / mientras yo la voy buscando, / mi sombra me va siguiendo”.

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