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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Patética mise en scène

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 2 de noviembre de 2007, 04:09 h (CET)
No doy crédito a las palabras que llegan desde la ciudad eterna. Sólo veo máscara (perdón por mi ceguera), cuando busco la verdad. La vida es un constante carnaval. La realidad, como advirtió Heráclito, se complace en ocultarse. El ministro de Exteriores de España, bien asesorado por el embajador Francisco Vázquez, cita a Juan Pablo II y habla en Roma de reconciliación. No sólo eso, reconoce abiertamente el papel de la Iglesia católica en España y en su historia; comparte con Benedicto XVI la defensa de la dignidad humana (¿fundada en qué?), y la promoción de la paz, imposible desde el resentimiento del Ejecutivo. ¡Oh, entrañable y emotiva celebración!, viene a exclamar lleno de júbilo Moratinos.

Parece que ante la Iglesia católica sólo caben hacer dos cosas: o aniquilarla públicamente, polarizando su Misterio en su pecado, y obstruyendo la gracia, la acción conjunta de una voluntad divina que espera una respuesta debida por parte del hombre; o bien, aceptarla y esforzarse por comprenderla, sin la ambiciosa y soberbia pretensión de eliminar su caudal de amor que ofrece al hombre. El Ejecutivo, a cuatro meses de las elecciones, ha resuelto por la segunda actitud, por la operación del reconocimiento y la promoción del bien que realiza la Iglesia católica, así como su más que notable benéfica influencia, muchas veces imperceptible, en la sociedad. Es más pragmático y rentable aceptar el imperativo de que la Iglesia católica posee todavía una palmaria autoridad moral en la nación española.

El Gobierno de España ha intentado activar, durante sus largos tres años de gobierno, una crisis, consistente en que la actual sociedad, la de comienzos del siglo XXI, se quedase sin convicciones morales respecto de anteriores generaciones, imponiendo desde leyes injustas y partidistas un estado vital en que el hombre no dispusiera ya de un mundo y de toda una tradición anterior, con el fin de construir un nuevo modelo de hombre y de sociedad. Sigue vigente, aunque haya un tiempo necesario para contemporizar, la pretensión de hacer saltar el entramado de ideas y convicciones que sostenían generaciones enteras desde un sector radicalizado del gobierno de la Nación, la voluntad de hacer de la Iglesia algo residual y casi sectario. Para ello, no se utiliza la metáfora, sino que se asumen formas primarias de enfrentamiento, promoviendo una propaganda antirreligiosa, de enorme influencia cultural, que lleva a un vacío social de lo religioso.

Moratinos ha ido a Roma exigido por las circunstancias. La provisionalidad del poder político sólo parece llevar al chantaje a la sociedad española y a la comunidad católica. Sería algo parecido a esto: normalicemos ante la opinión pública nuestra difícil situación, hagamos un pacto de relaciones fluidas y positivas, siquiera hasta el momento de las urnas. Si donde no hay pecado reconocido tampoco existe profunda religiosidad, donde ni siquiera se contempla la posibilidad del error cometido, no hay lealtad a los ciudadanos ni a la Democracia. La situación negativa y la derrota en el fracaso del diálogo con la Iglesia se convierte en una nueva victoria por el simple hecho de reconocer las acciones y leyes poco acertadas. El Gobierno obliga, velis nolis, a supeditarse a unas actuaciones políticas poco o nada vigentes en nuestra sociedad. Y lo hace sin el menor pudor. Hasta que no exista el reconocimiento, por parte del Ejecutivo, de actuaciones poco excelentes para la Iglesia y para toda una tradición de pensamiento secular - como el matrimonio de homosexuales, la imposición de Educación para la Ciudadanía, la Ley de Investigación Biomédica, el perverso eufemismo del “derecho” a morir del advenedizo Soria, o la infame Ley de Memoria Histórica, entre otras -, la representación del Gobierno en Roma con motivo de la beatificación de los mártires de la Iglesia católica de España del siglo XX sólo será una patética mise en scène.

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