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Los que se van y a los que echan

Juan María Leiva
Juan María Leiva
jueves, 1 de noviembre de 2007, 07:40 h (CET)
En la última semana hemos vivido el adiós de dos de los entrenadores más prestigiosos de nuestro país: Juande Ramos y Quique Sánchez Flores. Aunque cada uno por razones diferentes, hay muchos nexos en común en la salida de dos de los preparadores más cualificados de nuestra Liga.

'Míster Ramos' dejaba el banquillo sevillista por irse a Londres. El mejor técnico de la historia del Sevilla dejó a su presidente José María Del Nido con un palmo de narices. Las malas lenguas hablan de la excesiva presión que ha soportado de su mandamás. Presión que ha ido de la mano de un sueldo que Juande no consideraba el apropiado.

Ahora llega a Londres donde él se encargará de todo, será el manager. A un equipo que está por hacer pero que ya está sumido en la parte baja. Un tremendo reto para un técnico de este caché, concretamente de mil millones de las antiguas pesetas por temporada.

Lo que está claro es que no ha sido la mejor forma de abandonar el cuadro hispalense. Con la Liga empezada, con el equipo en tierra de nadie, y sin preocuparse de romper la ilusión de una hinchada que aún tenía la esperanza de que en esto del fútbol, para ser un 'grande', no hace falta tener el mayor presupuesto.

Pero si hablamos de presión con Juande, lo de Quique en el Valencia ha sido un calvario que muy pocos habrían sido capaces de aguantar. Con su superior haciéndole la vida imposible y la grada fijándose en cada uno de sus movimientos para recompensarle con una tremenda pitada, Quique ha mantenido al Valencia en un digno puesto, y ahora le deja cuarto en la Liga.

Diez jornadas ha durado. Uno de los entrenadores jóvenes con la cabeza mejor puesta y más serios. Una apuesta de futuro en el banquillo. Dos malos resultados le alejan de un Mestalla que ya le había sentenciado. "Es que el equipo jugaba fatal", dirán muchos.

Pues señores, los que suenan no son mucho más espectaculares: Capello, Lippi, Mourinho… Gente de nombre y caché tan reconocido como el juego ramplón de sus conjuntos. Pero esto es lo que hay. Jugar bien es una excusa para echar a un técnico, pero no vale para mantenerlo si no se gana nada.

De todas formas, cuando hay un cambio, nunca se saben a ciencia cierta las causas y no le queda a uno más que desearle suerte a los nuevos. Suerte para ellos. Suerte también a los que se van y, sobre todo, a los que echan.

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