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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

La 'morrera'

Ángel Sáez
Ángel Sáez
jueves, 1 de noviembre de 2007, 07:36 h (CET)
(Breve aclaración preliminar: no me refiero, por supuesto, a lo que en Algaso, trasunto de Tudela, la capital de la ribera ibera de Navarra, y sus alrededores se conoce por calentura o herpe/s labial, sino al morro o la puntera de las zapatillas de esparto y tela.)

Hoy, miércoles, 31 de octubre de 2007, víspera de la festividad que el santoral reserva para rememorar a Todos los Santos difuntos que en este mundo inmundo fueron, son y serán, me peta un montón hilar unos cuantos renglones torcidos a propósito de todo un señero señor, desde su coronilla rala hasta sus encallecidos talones.

La persona de marras, en cuestión, habiendo cerrado la empresa (de terrazo y otros productos derivados del cemento) en la que había trabajado la tira de años, tras recuperarse de la enésima operación de hernia inguinal (ignoro si fue de la del lado derecho o de la del izquierdo, porque lo cierto es que, cuando no era ingresado e intervenido por causa de la una, lo era por razón de la otra) y reconocérsele una pensión, por incapacidad laboral definitiva, en el grado de total, escasa e insuficiente para arrostrar todos los gastos que ocasionaban la casa y sus moradores, como era padre de una familia numerosa, buscó la manera honrada de sacar(se) las castañas del fuego, quiero decir, seguir dándoles estudios, descanso, comida, bebida, vestido y calzado a los miembros de su familia.

Antes de dedicarse a urdir suelas de alpargatas, hizo sus pinitos cosiendo las telas a las tales (tarea a la que todos los componentes de la unidad familiar, sin excepción, aportaron sus respectivas manos o granito de arena). Recuerdo con total fidelidad, como si el suceso hubiera acaecido esta misma mañana, que cierto día, mientras desayunábamos juntos, comprobé que tenía el semblante más risueño de lo de costumbre. Nada más reparar servidor en ello, le pregunté por el origen, precedente o razón de la susodicha (son)risa. Me confesó que el motivo descansaba, estribaba o residía en Ezequiel, el ángel de la profecía, que se le había aparecido en sueños para revelarle la técnica que debía seguir a fin de rematar coherente, conveniente y exitosamente el cosido de las alpargatas, esto es, hacerles la preceptiva “morrera”, labor que había visto llevar a cabo mil veces a muchos de sus paisanos (del sexo femenino, sobre todo), pero cuyos rudimentos, por no haber prestado la debida atención (y/o no haber sido iniciado por experto alguno en dicho arte o tarea), desconocía.

Mutatis mutandis, especulo que, al punto de abrir los ojos a aquel día, debió proferir algo parecido a lo que gritó Arquímedes, “¡Eureka!” (“¡Lo hallé!”), cuando se dio cuenta del hecho y vino a formular el principio que lleva su nombre.

Mientras viva, si no caigo en las garras del Alzheimer o en las redes de cualesquiera otras enfermedades similares, que afecten a las tres potencias del alma, memoria, inteligencia y voluntad, nunca olvidaré la (son)risa pletórica de dicha, rebosante de felicidad, de aquella cara, que, sólo a usted, desocupado lector, en rigurosa exclusividad, por haber hecho el esfuerzo de leer hasta el colofón, le daré el dato concluyente de que pertenecía a don Eusebio Sáez Ovejas, un andóbal de Cornago, mi piadoso y paciente padre, quien me cedió, gustoso, de bóbilis, las iniciales de su nombre y apellidos y la mención de su patria chica para parir uno de mis dos heterónimos preferidos, predilectos, y que me inspira gran parte de mis urdiduras (o “urdiblandas”), verbigracia, ésta, a la que me dispongo a colocar el punto final.

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