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Los muertos
Luis del Palacio
James Joyce termina con un relato titulado así (The Dead) su libro dedicado a las brumas, las viejas fotos y el recuerdo de un Dublín ya casi desaparecido. Joyce, como buen “enfermo imaginario”, toca siempre a la muerte con la punta de los dedos, para cerciorarse de que está ahí y de que aguarda paciente (o impaciente, según un capricho inexplicable como un arcano) su momento.
Sus ojos de miope, velados por el whiskey que consumía en cantidades considerables, creyeron muchas veces entreverla sentada, frágil y sonriente, observándole desde una mesa apartada de una de las tabernas próximas al Trinity College ( Un movimiento brusco hizo que su pluma emborronara la cuartilla. Dudó si devolver la sonrisa; pero pensó que sería mejor no expresar algo que pudiera ser interpretado como una invitación. Tras dar un nuevo trago alzó la mirada y –como suele ocurrir- ya no estaba allí)
Nosotros representamos a la muerte como una dama y, sin embargo, en la iconografía tradicional aparece casi siempre con forma de esqueleto vestido a medias con una capa o un sudario. En una de sus manos porta la guadaña. No hay nada que indique el improbable sexo de la parca, aunque por aquí lo asociemos con lo femenino. El imaginario coqueteo de Joyce con la muerte, en aquel viejo café dublinés, sería para los alemanes un coqueteo gay, pues Der Tod (la muerte) pertenece al género masculino. La mente que piensa en alemán asocia la muerte con lo masculino. Así se entiende mejor el título de uno de los ciclos de “lieder” más célebres de Schubert: La Muerte y la doncella. La imagen mental que se forma al transmutar el género, hace que ese devaneo contenga algo que es a la vez letal y erótico.
Noviembre es en Europa el mes de los muertos. En el hemisferio Sur no tiene ningún sentido la asociación con las hojas que caen y los días que se acortan; coincide con el renacer de la naturaleza. Pero también es un contrasentido poner el trineo de Papa Noel o San Nicolás en Sydney, Dar es Saalam o Buenos Aires, cuando por allá abajo acaba de comenzar el calor del verano. Nunca he pasado unas Navidades fuera de Europa, aunque sí numerosos otoños, sobre todo en África.
Noviembre es un mes que invita a iniciar la lectura de un grueso libro de Dickens; por ejemplo, David Copperfield. Si somos constantes podremos terminarlo poco antes de la Navidad y enlazarlo con El grillo del hogar o la Canción de Navidad, pequeñas obras maestras arrumbadas como trastos inservibles. ¿Quién lee hoy a Dickens? Buena pregunta.
Otra lectura de otoño es Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Novela en parte autobiográfica, imbuida por la lucidez del borracho, un diplomático que pasa sus últimas horas llevado como un madero a la deriva, en medio de la vorágine de la Fiesta de los muertos mexicana. Ese mar le engullirá finalmente y el magnífico texto fue adaptado por John Huston para el guión de una de sus últimas películas (la última fue, por cierto, Los muertos, basada en el relato de Joyce)
Un paseo por los cementerios de Père Lachaise o de Montparnasse, en Paris; o el de Highgate, en Londres, nos pueden hacer cruzar un umbral necesario: la preparación íntima a la eternidad. Y juro que es casualidad –en la que no creo- el haber empleado la palabra “umbral”. ¿Cómo no evocar a dos de mis muertos favoritos, aquellos muertos cascarrabias y geniales que se llevaron como el perro y el gato, Francisco Umbral y José Luis de Vilallonga, unidos sabiamente en la muerte para ponerse a caldo y quizá de acuerdo, durante las miríadas de años de purgatorio que les aguardan? También a los amigos muertos (Jürgen, Gitonga) de los que nada más digo porque son solo míos. Y ahora, uno de última hora, alguien con quien hablé una única vez, con ocasión del homenaje a otro amigo común: Fernando Jiménez del Oso. Juan Carlos Cebrián, “maestro de las ondas” (otro necesario lugar común) colega probable en un proyecto editorial. Se fue joven, discreto, cordial; con tanto que decir y que publicar.
Noviembre es el mes de los muertos. Pero no es “Halloween”; nada tiene que ver con esa bazofia barata e importada. Noviembre debe ser nuestro.
En las pocas casas que tienen hoy chimenea, los privilegiados –pobres o ricos- que todavía la encienden, pueden sentarse frente a ella y en el chisporroteo de las leños y el juego azul y rojo de las llamas, tratar de entender el nuevo lenguaje con que nos hablan nuestros entrañables amigos muertos.
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