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Etiquetas:   OPINIÓN   -   Sección:   Revista-arte

El lugar del arte

Shaila García Catalán
Redacción
martes, 30 de octubre de 2007, 17:11 h (CET)
Escuché últimamente a no poca gente afirmar que compran un cuadro si les combina con la decoración. ¿Qué tiene de particular enmarcar una exposición en un hotel?

Aquellas habitaciones pasajeras para tantos que pasan, acogen ahora algo inerte que compite con la decoración y trae un revuelo de gente donde antes sólo era una zona de paso trivial.

El espacio reservado para la intimidad, para los romances rápidos, tontas escapadas o simples solitarias noches de negocios se envuelve ahora, en algunos lugares con lenguajes, geometrías, escultura, en definitiva, piezas de exposición... de arte.

A dónde vamos a parar. Mientras el arte nace en una atmósfera íntima y caduca, su exposición se tiñe de revuelo y en cierta medida de equivocación. Es necesario advertir que yo y mi acompañante nos lanzamos a nuestro propio recorrido sin itinerarios. Sin sentido. Sin razón. En ocasiones, se convierte en la mejor manera, en un homenaje a la curiosidad de husmear según lo que te vas encontrando. Siguiendo a la gente, la luz. Sin sentido, sin razón. Cuestión de intuición. Era como una visita donde las obras nos van acompañando, cada cual a su manera, por el espacio de representación.

¡Ya era hora! Escuché a algunas personas afirmar que compran un cuadro si les combina con la decoración. Considero esto no una cuestión de mal gusto, sino de una sustracción, un hurto a la obra respecto de aquello que dice. Es decir, que el cuadro armonice con la tapicería (parece suponer que existe algún tipo de correspondencia, algún tipo de no armonización universal que debamos encontrar, yo no la encuentro) es matar el universo que nos propone, en definitiva, su propuesta particular y más viva.

Esto coloca al mismo tiempo el arte en un objeto propio del bienestar al que debe ubicarse en un buen lugar para que no moleste, no puncé. Por suerte, aún podemos confiar en la que se resiste a todo ello, a aquello que sigue brillando con una voluntad distinta y atrape al aburrido invitado que en la espera no le interesó el color del sofá.

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