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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Montesquieu ha muerto

Antonio González (Málaga)
Redacción
martes, 30 de octubre de 2007, 00:57 h (CET)
Con esta frase, el marxista-leninista Alfonso Guerra en su creencia personal sentenció de cómo se debe gobernar un estado. Como sólo puede hacerlo un sucesor de aquellos criminales socialistas que en el segundo cuarto del siglo pasado nos llevaron a una guerra civil entre hermanos. El poco respeto ético de estos analfabetos funcionales nos está sometiendo, nuevamente, a la repetición de la jugada de aquellos momentos. Si los votantes socialistas leyeran la historia de este partido y tuvieran conciencia, éste desaparecería por no tener ni un solo voto del que sustentarse. Actualmente, el Gobierno de ZP y su partido son un insulto a la inteligencia de las personas honradas de izquierdas.

Ya se sabe, el PSOE es como el sida: empieza con “buen rollito” y termina en el cementerio. Esta izquierda cainita que está dispuesta a despeñarnos otra vez por el precipicio de los hechos consumados, ha liquidado ideológica y técnicamente los principios ilustrados de Montesquieu con tan significativo enunciado, desarrollado implacablemente en la acción de gobierno del día a día; pronunciado por unos de los máximos jefes del socialismo español en la época de los GAL de Felipe González –epopeya en la que se practicó el terrorismo de Estado con numerosos crímenes, algún secuestro e infinitas corrupciones-. Teniendo que responder ante la justicia, aunque no todos, porque los terroristas de estado más significativos de la época socialista se libraron, incluyendo al Señor X; gracias al paupérrimo sistema judicial que padecemos. Inconcebible en un estado democrático.

Empeñados en destrozar el equilibrio de los tres poderes del Estado que garantiza la concepción del Estado de Derecho de los Ciudadanos, para pretender reconvertirlos nuevamente en vasallos. Un partido que tiene motivos suficientes para avergonzarse de sus hechos más pretéritos, así como de su más reciente historia. Un PSOE al que le sobra todos los sinónimos de sus siglas; porque aunque sigue encuadrado como un
–P-artido, no dejado de comportarse como una bandería. Dejó de ser –S-ocialista para convertirse en una maquinaria que sólo le interesa la poltrona y el poder por el poder. Abandonó a la clase –O-brera que somos casi todos, menos ellos, porque postularon por ser los nuevos señoritos pegados a la riqueza conseguida de cualquier forma, saltándose las reglas del juego democrático si no mandan y a cualquier precio. Y, no dejó de ser –E-spañol; porque nunca lo fue, sino un partido sicario de los postulados soviéticos. El PSOE es y ha sido un cáncer moral en el cuerpo social de España que ha corrompido el espíritu de la Constitución de 1978.

El afán revanchista de los nuevos largocaballeristas de turno, sectarios apologistas y golpistas de la auténtica memoria histórica, representado como nadie en el portador de la sonrisa de cemento de Zetapaña, que es en sí mismo una metáfora ingrávida. Jefe de un gobierno absolutamente irresponsable, sometido a los continuos chantajes secesionistas de los Carodvich, Ibarrechelev y otros mediocres elementos a los que había que llevar algún día a los tribunales de justicia, cuando de nuevo logremos recuperar la máxima de Montesquieu del Espíritu de las Leyes.

En este sentido, la justicia tendría mucho que decir cuando no esté al servicio de las ideas políticas. Cuando los togados terminen con la aventura de someterse a los ejecutivos de cada momento. Cuando interpreten las leyes del legislativo con la equidad y sabiduría salomónica necesaria en vez de la moralina del color político de preferencia. Cuando los mismos, se pongan a trabajar de verdad y los juzgados no sean depósitos de pleitos acumulados por la incapacidad de los que están al frente de cada uno de ellos. Cuando, no estén divididos y sean capaces de defender una ética independiente del gobierno de turno. Cuando cada togado no sea irreverente con la justicia y dejen de obedecer los postulados de difícil asimilación moral. Cuando dejen de “militar ideológicamente” en siglas políticas y sean absolutamente independientes. Consecuentemente, el poder judicial se ha ganado a pulso y “pasándose muchos pueblos” la desconfianza de la sociedad. “Montesquieu ha muerto” ¡Viva Montesquieu!

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