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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Beatos a mogollón

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 29 de octubre de 2007, 10:29 h (CET)
Durante años las paredes de las iglesias de todos los pueblos de España han lucido un enorme crucifijo rodeado de toda una serie de nombres encabezados por el lema “Caidos por Dios y por España” y con un enorme “Presente” cerrando la lista. Aquellas cruces y aquellas listas eran un recordatorio permanente de una parte, tan sólo de una, de los vecinos muertos durante los tres años que duró la guerra que Francisco Franco inició al rebelarse contra el legítimo gobierno republicano. Durante largos años, hoy todavía dura, los muertos tan sólo han tenido un color: el azul de los vencedores junto con toda su simbología frente al rojo, sangre, de los perdedores a cuyos familiares, en muchas ocasiones, ni se les permitió llorar su pérdida o acudir al cementerio para recordarles depositando un ramo de flores en su tumba. Por desgracia todavía son muchas las familias que no saben donde reposan sus muertos, aquellos que nunca tuvieron los privilegios de los llamados “caídos” ni llegaran jamás a los altares de la santidad ni a merecer la bendición papal aunque, supongo, no lo echen de menos.

Ahora, una vez entre en vigor la Ley de la Memoria Histórica las cruces e inscripciones de esta índole que todavía quedan en muchas calles y plazas españolas deberán desaparecer, cuestión esta que ya ha desatado una cierta polvareda entre algunos monseñores que se niegan a quitar los maderos y las letras de las enjalbegadas paredes de sus iglesias alegando que, dado que es la vía publica el lugar en que se encuentran, deben ser las autoridades civiles quienes se encarguen de realizar esta tarea. Los obispos actuales no olvidan que sus antecesores, con el Cardenal Gomá, a la cabeza mostraron pública sumisión al dictador Franco mientras le paseaban bajo palio por todas las catedrales españolas y miraban hacia otra parte cuando el general firmaba penas de muerte e incluso se fusilaba bajo su mandato y por militares franquistas a algunos sacerdotes tan sólo por ser vascos.

El último domingo de Octubre en la Plaza de San Pedro el Papa ante la presencia de miles de fieles, cardenales y obispos beatificara de una tacada a 498 españoles que fallecieron violentamente entre los años 1936 y 1937 y a los que se ha considerado “mártires de la guerra civil” ya que, cómo dice la Conferencia Episcopal en el dossier de prensa confeccionado al efecto, “Las guerras tienen caídos….. Las represiones políticas víctimas. Sólo las persecuciones religiosas tienen mártires”. Y una vez más volvemos a encontrarnos con la doble moral de la Iglesia, esa Iglesia que aplica perfectamente, aunque de manera equivocada, el mandamiento bíblico de “que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha”, y así mientras con una mano se dedican a mover el hisopo y a lanzar litros de agua bendita ante tanto beato con boato con la otra corren el tupido velo del olvido sobre los religiosos fusilados por las llamadas tropas nacionales tan sólo por ser vascos o relegan al olvido más absoluto la memoria y la justicia para el valenciano Antoni LLidó desaparecido en Chile durante la dictadura del general Augusto Pinchote, único Jefe de Estado que vino al funeral de Francisco Franco.

Estos casi quinientos nuevos beatos tendrán un lugar a la derecha de Dios padre mientras que muchos otros españoles seguirán buscando a sus familiares en cualquier cuneta o ante las tapias de los viejos cementerios cuyas paredes pasaron a ejercer de paredones de fusilamiento de una negra época de la historia española a la que tan sólo han tenido derecho a recordar los ganadores y los familiares de aquellos cuyo nombre pasó a la posteridad y el recuerdo inscrito, junto a otros, en la pared de la iglesia. Pero, no nos olvidemos, la Iglesia está en crisis, los Seminarios tienen cada día menos aspirantes a sacerdote y mientras ven cómo su clientela escasea estudian nuevas estrategias para seguir exprimiendo las arcas estatales en virtud de un Concordato al que ya es hora de poner fin poniendo a cada uno en su sitio. Al fin y al cabo la Constitución establece que somos un Estado aconfesional y no prima para nada a la Iglesia Católica o la pertenencia a la misma por muchos beatos que se fabriquen en los pasillos del Vaticano.

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