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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Jueces a porrillo, ¡vaya lío!

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 29 de octubre de 2007, 10:28 h (CET)
La cosa empezó cuando en España se dieron cuenta de que no había suficientes jueces para atender al aumento de juicios que la vida moderna generaba. El cambio experimentado por las nuevas corrientes económicas, por el aumento de población, por la aparición de la inmigración masiva y por fenómenos como el terrorismo, el nacionalismo o la apertura de las naciones a un ente común supranacional, la UE, provocó que juzgados como los de lo penal habituados a tener que resolver sobre hurtos, agresiones y crímenes pasionales, se vieran obligados a abrirse a otros delitos con los que anteriormente no se contaba. La apertura de la Audiencia Nacional para conocer de los delitos de terrorismo y la complejidad de muchos nuevos delitos, como los económicos, provocó una demanda de nuevos jueces que las oposiciones, por si solas, no eran capaces de proporcionar. La premura y urgencia hicieron que, por parte del Ejecutivo se decidiera, con carácter excepcional, incorporar a la judicatura a jueces no procedentes de las oposiciones sino escogidos de entre los letrados en ejercicio y juristas de reconocida solvencia para ocupar los juzgados con el fin de cubrir las carencias registradas.

Las oposiciones a juez son duras y los licenciados que quieren concurrir a ellas saben que van a tener que destinar tres o cuatro años de su vida a preparase para ellas. Es evidente que, cuando uno termina la carrera es como un pichón que tiene alas pero que las plumas todavía son tan cortas que no le permiten alzar el vuelo. Quiero decir que, por buen estudiante de derecho que uno haya sido y por muchas matrículas que haya sacado en la carrera, no significa que, de golpe y porrazo, esté en condiciones de iniciar la práctica de la profesión y, de ello, podrían opinar los miles de jóvenes que no tienen apoyo de un bufete o de un familiar que ejerza la profesión, quienes, seguramente, nos contarían su odisea antes de que pudieran vivir de la profesión. Y ahora es cuando, habiendo conocido la curiosa proposición del señor Fernández Bermejo, de convertir automáticamente en jueces a los licenciado que se hayan destacado en la carrera, se me ocurre preguntarme ¿cómo todo un fiscal de carrera, conocedor de lo que son unas oposiciones, se puede atrever a lanzar una barbaridad semejante? No sé si el señor Fernández Bermejo fue un alumno aventajado o no, pero lo que sí sé es que tuvo que someterse a una dura prueba para conseguir sacar la carrera de fiscal y, aún así, parece ser que durante su trayectoria como tal no ha tenido mucho éxito en los asuntos que ha llevado.

Se supone que, cuando se establecieron unas oposiciones para el cargo de juez, los que así lo decidieron sería porque debieron pensar que, un recién salido de la universidad, estaba verde para enfrentarse a la complejidad de un juicio y, aún más, para la de un juicio penal en el que, aparte de un conocimiento exhaustivo de la Ley Procesal y del Código Penal, se necesita una preparación adicional que capacite al neófito para enfrentarse a casos en los que, de la sentencia, se pueda derivar una condena de cientos de años de prisión o la absolución de un sujeto que: o puede ser inocente, en cuyo caso se comete una gran injusticia condenándole o viceversa, si se permite que un criminal salga a la calle para poder volver a delinquir. Seguramente la Justicia tiene necesidad de modificarse; no hay duda de que necesita desprenderse de una gran carga de burocracia que la ha convertido en una pesada maquinaria incapaz de funcionar con la debida diligencia; es evidente que precisa de más medios, modernización y actualización de muchas de las leyes que, para el mundo moderno en el que vivimos, se han quedado obsoletas; pero todo ello no puede, en modo alguno, ser en detrimento del derecho de los encausados o querellantes a recibir de ella un trato equitativo y justo. De ninguna manera se podría aceptar que, por deficiencias de organización o por falta de personal, los tribunales se convirtieran en un lugar de aprendizaje donde los jueces bisoños se dedicaran a hacer prácticas con los ciudadanos a los que hubieran de impartir justicia. ¿Qué clase de Estado de Derecho tendríamos en España si estuviéramos sometidos a los ciudadanos al albur de recibir una justicia por parte de jueces novatos? Por otra parte, el hecho de que se produjeran sentencias poco trabajadas o equivocadas tendría por consecuencia un aumento importante de los recursos que deberían ser atendidos por los tribunales superiores que, en virtud de la falta de preparación de los de Instrucción o Primera Instancia, se verían sometidos a una carga de trabajo adicional con la consiguiente dilatación de los otros juicios pendientes de resolver.

No obstante, no nos debe causar extrañeza que del señor Fernández Bermejo surjan esta clase de ideas porque, de un tiempo a esta parte, no deja de asombrarnos con sus salidas de tono y con sus meteduras de pata que, por cierto, le obligan la pobre Vice de la Vogue, señora Fernández de la Vega, a hacer horas extraordinarias debiendo comparecer, una y otra vez, ante la prensa para desmentir, matizar o camuflar todas las sinrazones que se le ocurren a este stalinista redomado que parece que, si por él fuera, dejaría la toga colgada de la percha de la fiscalía y se lanzaría a la calle al frente de una nueva Internacional Comunista y su Frente Popular. Pero, cuidado con él, no se olviden del refrán: “Más mal hay en la aldehuela del que se suena”. Habrá que vigilarlo.

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