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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El pensamiento único

Javier Úbeda
Redacción
sábado, 27 de octubre de 2007, 22:08 h (CET)
Madison, uno de los prohombres de la Revolución americana, afirmó en los albores de la Independencia de los Estados Unidos: «Si tuviera que elegir entre un Gobierno sin periódicos o periódicos sin Gobierno, elegiría, sin duda, esto último». Hoy, ante el nefasto panorama mediático, es mejor no optar entre ninguna de las dos alternativas, ya que igual de perversas son la una y la otra. Y es que la opresión no sólo puede venir del poder político, sino también del poder que ejercen los medios de comunicación mediante la tergiversación de la realidad y mediante la manipulación informativa.

Otro dato a tener en cuenta en el ámbito de los medios de comunicación es el de la uniformidad informativa, es decir, el denominado pensamiento único y su estandarte de lo políticamente correcto. Bajo el imperio de la corrección política, se permite la crítica y la controversia sobre todo lo que resulta irrelevante, pero se prohíbe la discusión sobre las cuestiones que pudieran suscitar división o toma de posturas decididas. Estamos, sin duda, ante una nueva forma de restricción de la libertad de expresión, ante una barrera a la pluralidad. Y estamos también ante una fórmula favorecedora de la expansión de otra especie aberrante: el relativismo ético y cultural. A este respecto, no puede ignorarse que una mera selección de noticias superficiales, en las que la apariencia prevalece sobre lo real, la anécdota sobre la categoría, en las que se resalta lo extravagante, lo excepcional como si fuera normal y razonable, implica ya una intervención manipuladora, culpable y deliberada.

Cada día, nos invade la sensación de vivir en un mundo en el que no se permite a la gente pensar, ni mucho menos decir lo que uno piensa. Tan sólo estamos autorizados para informarnos, manejando la información que previa y deliberadamente nos han hecho llegar. Nos impiden que esa información, esos datos suministrados podamos convertirlos en conocimiento. Se nos prohíbe que transformemos la cantidad (información, datos, noticias) en calidad (conocimiento, saber, cultura).

A mantener este actual estado de coacción cultural, contribuye, sobremanera, la desproporción tan brutal que existe mundialmente en la posesión de los medios de comunicación y en el control de la información. Estados Unidos, Japón y la Unión Europea controlan el 90% de la información y la comunicación de todo el planeta. La libre circulación de información resulta imposible y hasta inimaginable. La imposición del pensamiento único por los países ricos a través de sus altavoces mediáticos origina la concepción de un único mundo posible, con un único sistema económico viable y con un unificado concepto de modernidad, desarrollo y progreso. En definitiva, la información, en contra de una genuina libertad de expresión, genera dogmas que se resumen en el simple Lo que no está en los medios de comunicación tal y como los medios de comunicación lo publican y lo interpretan, no está en el mundo.

La información, tal y como está conformada hoy en día, puede convertirse en fuente de intolerancia, de intransigencia. Con el pensamiento único se anula el pluralismo. Por eso, el pensamiento único no es comprensivo ni tolerante con el disidente, se le permite su mera existencia, pero se le impide manifestar su opinión diversa y diferente. Para apagar las voces discrepantes, la información no escatima ningún esfuerzo manipulador. Dice a este respecto López Quintás, en su obra La tolerancia y la manipulación, que el manipulador es un ilusionista de conceptos que tergiversa el sentido de los vocablos para alterar a su antojo la escala de valores, y conseguir que multitud de personas pierdan capacidad creativa y sean fácilmente dominables.

Manipulación y tolerancia son dos términos contrapuestos por su sentido teleológico: mientras que la tolerancia permite la búsqueda de la verdad, la manipulación nos lleva directos a la mentira. No puede haber convivencia plural posible si se anula la fuerza constructiva de la tolerancia y se sustituye por la potencia destructora de la manipulación, de la mentira.

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Javier Úbeda Ibáñez es escritor.


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