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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Dinero, el excremento del diablo (II)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 27 de octubre de 2007, 21:59 h (CET)
(UNA SEÑORA PAUPÉRRIMA Y UNA PAUPÉRRIMA SEÑORA)

(Sigue el de ayer.)

– Perdone, señora, mi curiosidad. ¿Puede decirme qué es lo que anda haciendo usted, ahí, encorvada? (le pregunta la ricachona a la pobretona).

– Puedo. Estoy recogiendo hierbajos. Son para comer. Hace dos días que no nos alimentamos de otra cosa en casa.

– Vaya, lo siento; de veras (la sibarita y fautora abre su bolso, saca su cartera y extrae de la misma –¿un buen fajo de billetes?; ¡qué va!- una de sus tarjetas de visita, que entrega a la cada vez más atónita, epatada y entre indignada y pasmada indigente, conforme escucha lo que continúa). Ahí aparece mi dirección; si quiere, mañana mismo puede venir a comer a mi casa.

– Se lo agradezco mucho, pero es que tengo una buena recua de hijos y…

– No hay problema. Que vengan también con usted.

– Es que mis hijos mayores están casados y, asimismo, tienen familia.

– Lo dicho. No me desdigo. Quedan todos invitados.

– Pero, ¿está usted en sus cabales?

– No, señora, no; no estoy loca. En el perímetro inferior de la tapia que rodea mi mansión la maleza está así (y acompaña la dicción con el gesto de llevarse la diestra, con la palma abierta y paralela al suelo, a la altura del ombligo) de crecida. Calculo que tendrán yerba para una semana larga.

(Coda: Mutatis mutandis, salvando las evidentes distancias, a Bernarda, la leal fámula o mucama de la fábula o cuento con ejemplar lección, le ha ocurrido con “Otramotro” tres cuartas partes de lo mismo que le sucediera al mozo de campo y plaza de “El Quijote” con Miguel de Cervantes, que se olvidó por completo de ella.)

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