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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Carta magna o menú del día

José Romero P. Seguín
Redacción
sábado, 27 de octubre de 2007, 22:08 h (CET)
La Constitución reflejó la voluntad consensuada de dotarnos de un instrumento legal que fuese, para entendernos, la medida de todas las demás herramientas legislativas que habían de articular el Estado de Derecho.

El sistema de pesas y medidas ofrece garantías de que éstas no van a cambiar a conveniencia. Por qué no entonces ese mismo proceder con la que debía ser la exacta medida de las demás leyes de nuestro País.

La Constitución no debiera admitir, por lo que es y representa, interpretación, para cuanto más unilaterales enmiendas. Ante ella sólo cabe acatar o, en su caso, reformar, siguiendo los mismos procedimientos y cauces utilizados para su redacción y promulgación.

El extremo cuidado que su cumplimiento demanda, y en aras de preservarlo del oportunismo político del gobierno de turno, se creó en su día el Tribunal Constitucional. Un órgano jurisdiccional, que debería gozar de tal grado de independencia que sus juicios y valores sólo hallase techo en el espíritu de la misma.

A día de hoy, nos encontramos conque la llamada Carta Magna, se ha convertido en la carta de un restaurante, donde cada cliente estampa su particular menú. Y qué hace el Constitucional ante semejante atropello, pues dividirse, y en esa disposición correr solícitos en apoyo de aquellos que los han nombrado cocineros mayores de tan esencial despensa.

Si no soportamos la norma: para qué tanto boato, protocolo y gasto. Escribamos cada uno en libreta sin pedigrí lo que nos dicte la apetencia. Para que no se celebre juicio en que no ganemos, para que no haya otra justicia que la nuestra.

Si todo es discutible por qué no la discusión como norma jurídica de convivencia. Si todos podemos tener razón por qué renunciar a ella.

Viva pues la anarquía que nos desviste y sitúa en el justo grado de civilidad alcanzado, y decaiga la injerencia torticera de un Estado que no es sino títere en manos del partido que en ese momento nos gobierna.

Yo, al menos, prefiero la desnudez de la bestia, que la refinada vestimenta del hipócrita.

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