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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Asuntos urgentes

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 27 de octubre de 2007, 22:08 h (CET)
“Al fin de la batalla
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: “No mueras; te amo tanto!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.”


César Vallejo

En las afueras de lo que se suele llamar, con eufemismo nada encantador, zona afectada -regiones del globo terrestre donde las matanzas, el hambre, la peste y todos los jinetes del Apocalipsis imaginables, más algunos inimaginables, han cabalgado sin freno, sembrando desgracias por centenares, miles, millones-; el resto de los humanos contempla, cuando se entera, esos azotes de muy diversas maneras y con muy diversos ánimos. De todo hay: curiosidad, conmiseración, indiferencia, muchas ganas de ayudar, pero cómo lo vamos a hacer o qué podemos hacer nosotros, envíos de trigo y vacunas, abstención de intervenir para no herir susceptibilidades, conferencias de organizaciones mundiales sobre los mejores modos de resolver el problema, editoriales en cadena.

Es cierto que mucho de lo que hacemos podíamos muy bien dejar de hacerlo y convendría hacer cosas que no hacemos, sobre todo si con ellas podemos hacer útiles a alguien, pero hay montones de cosas, incluyendo la satisfacción de algunos de nuestros intereses y apetitos que no hay por qué abstenerse de hacer.

Tranquilicémonos: no porque sucedan en alguna parte cosas espantosas, las otras partes han de cesar de hacer lo que hacen y de ser lo que son. Pero hay un segundo punto. Aunque el mundo se compone de muchas cosas y asuntos, unos tienen, cuando menos en ciertos momentos, prioridad sobre otros. Cuando nos llegan las noticias de la nueva oleada humana de damnificados por el terremoto del Perú, del reguero de masacres en Irak y Territorios Palestinos, resulta menos urgente de lo que había parecido imaginar aquella exposición de cerámica de la que se había hablado tanto; no hay más remedio que canalizar muchas energías para salvar lo que se pueda, y a quien se pueda. Si cabe hacer ambas cosas, tanto mejor, y si una, además, sirve de auxilio a la otra, aunque sólo sea para aliviar los ánimos, albricias. Pero no siempre se puede hacer todo, y en estos casos hay que atender a lo más urgente, a lo más indispensable, a lo que no admite espera porque de ello depende todo lo demás. Por supuesto que no siempre resulta claro qué es lo más urgente; prueba de ello es lo mucho que se disputa al respecto. Sin embargo, en casos extremos, cuando el barco se hunde, lo urgente salta a la vista: es hacerlo reflotar. También hay que tener las ideas más claras, respecto a cómo salir de la tremenda guerra de Irak. Y después respecto a cómo evitar el volver a caer en ella.

Hay asuntos urgentes en el mundo y uno de ellos es cuando una comunidad entera se ve amenazada de extinción. Esto tiene, pues, prioridad sobre muchas otras cosas. Bien, pero entonces, una vez más, ¿qué podemos hacer nosotros, cada uno de nosotros?

Individualmente, poco o nada. Colectivamente, mucho o todo. Ahora bien, la acción colectiva no se ejecuta, aparte la individual, como si hubiera unos “todos” que no fueran nadie en particular. Los individuos pueden hacer algo a través de la comunidad; pero esto quiere decir intervenir en la comunidad de tal suerte que ésta adopte las medidas que se estimen necesarias. Esta acción individual en la colectividad se llama política, y hace que la política no sea, o deba ser, una mera ocupación circunstancial, o un privilegio de unos cuantos. Los asuntos urgentes son, en el fondo, los asuntos políticos. No sólo para casos extremos, como cuando una comunidad se ve amenazada de extinción o bien ocurre alguna sonada catástrofe, sino en todos los casos en que se trata del tan ajetreado, pero poco atendido bien común. Y es que, como dijo el poeta: “Mi madre, mi pobre madre / me dijo más de una vez: “No basta que no hagas mal; / es preciso que hagas bien”.

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