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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Ni tan buenos ni tan malos

Helena Trujillo
Redacción
sábado, 27 de octubre de 2007, 22:08 h (CET)
“Herido grave un menor de 17 años agredido por una pandilla cerca del parque de María Luisa. Fuentes del Cuerpo Nacional de Policía informaron de que los hechos tuvieron lugar en la madrugada del 12 de octubre, cuando los integrantes del grupo presuntamente comenzaron a insultar a una pareja sin motivo aparente. En ese instante, uno de los amigos de la pareja que se encontraba cercano al lugar intentó salir en defensa de los jóvenes, siendo increpado por su actitud y golpeado brutalmente con todo tipo de elementos. El diario ABC asegura que los agresores colgaron en Internet fotos en las que aparecían manchados con la sangre de su víctima e intercambiaron mensajes en foros en los que ensalzaban la paliza.”

Este es un ejemplo más de agresiones injustificadas, si es que hay justificación válida en algún caso. El ser humano no es un ser bueno por naturaleza, todo lo contrario, es un ser entre cuyas disposiciones instintivas se incluye una relevante porción de agresividad. La agresividad es constitutiva del sujeto. Normalmente, esta tendencia agresiva requiere para manifestarse alguna provocación, algo que la justifique, incluso se pone al servicio de otros propósitos cuyo fin puede alcanzarse también a través de medios violentos. Pero en otras ocasiones, cuando no existe ningún impedimento a su manifestación y realización, dichas tendencias se manifiestan espontáneamente. Cuando alguien pega el acto agresivo constituye una afirmación de sí mismo frente a la imagen de otros. Detrás de todo gesto de agresividad hay una manifestación de un deseo sexual.

La agresividad no es un conflicto entre sujetos, sino un conflicto en cada sujeto. Aparecen sentimientos de repulsa y aversión ante lo desconocido. El narcisismo se conduce como si lo diferente o lo desconocido implicase una crítica de las particularidades individuales y fuera una invitación a cambiarlas.

Contra lo que pudiéramos creer, casi todas las relaciones afectivas íntimas de alguna duración, como matrimonio, amistad, relación padres e hijos, producen un acervo de sentimientos hostiles que, para no ser percibidos, requieren el proceso de represión psíquica. Esta hostilidad hacia personas amadas constituye una ambivalencia afectiva, ya que coexisten sentimientos cariñosos a la vez que hostiles. Los sentimientos de aversión-odio, que vemos que se desarrollan en toda relación, se manifiestan con mayor facilidad cuando se dirigen a personas extrañas, a las cuales no nos une una tan intensa relación.

La existencia de grupos favorece la hostilidad de sus miembros hacia aquellos que han sido excluidos. Siempre se podrá vincular amorosamente entre sí a mayor número de hombres, con la condición de que sobren otros en quienes descargar los golpes. Para un grupo: hinchas de un equipo, tribus urbanas… los integrantes del grupo contrario son sentidos como enemigos.

La CULTURA es la encargada de poner barreras a las tendencias agresivas del hombre, la restricción de la agresividad es el sacrificio primero y quizá más duro que la sociedad exige al individuo. La cultura, como vemos y padecemos, impone al ser humano sacrificios en la sexualidad y en las tendencias agresivas, por ello podemos comprender lo difícil que le resulta al hombre alcanzar la felicidad.

En el proceso de desarrollo la agresividad debe ser internalizada, devuelta al lugar de donde procede, el yo. Lo hace en calidad de SUPERYÓ, instancia que se ocupa de la función de conciencia moral. La tensión creada entre el superyó, instancia moral, y el yo, subordinado al mismo, la calificamos de sentimiento de culpabilidad, que se manifiesta en forma de necesidad de castigo. Por lo tanto, la cultura domina la inclinación agresiva del sujeto, debilitándolo, y haciéndolo vigilar por una instancia alojada en él mismo. Es la influencia externa la que desarrolla en el individuo la capacidad de discernir entre el bien y el mal. Toda educación, por benigna que sea, tiene que ejercer coerción e imponer limitaciones para el mantenimiento social.

Fíjense hasta qué punto no podemos eliminar la agresividad que cada parte de agresión a cuyo cumplimiento renunciamos es incorporada por el superyó, acrecentando la agresividad contra el yo. Una de las cosas que puede hacer que un sujeto sea más agresivo que otro, más violento que otro es que su yo esté muy potenciado. La agresividad no aumenta por ver películas violentas, ni por jugar a video-juegos de guerra, la agresividad va en aumento cuando se privilegia el yo frente al sujeto.

Fomentemos el trabajo frente a la voluntad, fomentemos la repetición del acto en el estudio, el arte, el amor y entraremos en la producción de salud en lugar de la producción de enfermedad. Contener la agresividad conduce a la enfermedad, la educación debe limitarse a impulsar aquellos procesos por medio de los cuales son dirigidas tales energías por los caminos de la producción.

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Helena Trujillo es psicoanalista Escuela Grupo Cero de Málaga.

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