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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Miserias selectivas

Roberto Esteban Duque
Redacción
sábado, 27 de octubre de 2007, 22:08 h (CET)
Una nación está siempre o haciéndose o deshaciéndose. Según Renan, la nación consiste en un plebiscito cotidiano, un excelente programa para mañana. El Parlamento de Cataluña ha aprobado la ley de creación del Memorial Democrático, un organismo dedicado a recuperar la memoria histórica de Cataluña entre 1931 y 1980. De esta forma, el gobierno catalán ha decidido que el futuro consista en una memoria infame, por sectaria, un nefasto proyecto de futuro; se ha adelantado al Estado, evidenciando así su debilidad. En lugar de buscar glorias comunes, Cataluña procura airear miserias selectivas; frente a la idea de pensar juntos grandes cosas, se vuelve al resentimiento y se proyecta un porvenir más conflictivo para la nación española. Definitivamente, Cataluña es diferente; sus gobernantes (los peores de toda la democracia española) son quienes más y mejor se empeñan en hacer visible la diferencia catalana.

Es un fraude estar gobernado por quien no se ha elegido para mandar, por un gobierno aldeano que desintegra la convivencia de cualquier proyecto nacional común. Aguantar la vileza y miseria de la tropa de cuartel no haría sino envilecernos; obedecer sus leyes, contribuir y ser cómplice de su perversidad. No es posible que una nación quede asimilada por cuatro secesionistas a quienes la coyuntura política ha ofrecido la oportunidad de mandar. Aceptar ese modo de gobierno es encanallarse; sería como aceptar que lo habitual esté constituido por la mentira y la manipulación constante. No vale el camouflage, mostrar una realidad aparente y accidental, condenar la dictadura franquista, y pretender sepultar la realidad profunda, sustancial y efectiva, como es el profundo resentimiento. Cuando el poder se ve arrastrado a adoptar una actitud beligerante contra el pasado a través de la imposición de leyes, la sociedad de divide sin esperar ningún porvenir sereno fuera del enfrentamiento.

Si como pensaba Ortega, y la misma democracia patentiza, la opinión pública es quien realmente ejerce el mando y la autoridad en una nación, los secesionistas deberían estar lejos de la autoridad, no sólo por la ausencia de ejemplaridad o excelencia, sino porque no producen una situación de sana convivencia humana. Si se pretende cambiar la historia, hacerla gravitar y que se desplace, háganse leyes desde la verdad de los hechos, y no desde la más espuria parcialidad y sectarismo. Vivir entregados a proyectos que pretenden desmembrar la sociedad y hacer resonar el pasado con instrumentos escogidos desde el puro arbitrio sólo invitan a la más penosa confrontación. Lo que el pueblo español había asimilado de un modo noble y maduro; lo que en tiempos de pacífica transición era fácilmente soportado, se convierte ahora en un enojo para un sector crecido por la favorable circunstancia política.

Aquí está el verdadero problema. El auténtico fraude, el fraude inicial, es bien distinto al que parece ser. No se encuentra el mal en la clase gobernante catalana - la peor de las posibles -, sino en quien pretende ampliar su musculatura ofreciéndole más poder. El nacionalismo sólo es un artificio, fuego fatuo. El mal está en la descomposición en que ha caído el desgobierno de la nación. Las leyes que se vienen aprobando, y que se aprobarán en un futuro inmediato, expresan un desorden primero del que todos somos víctimas. Si el gobierno catalán se muestra fuerte es porque el Gobierno de la Nación adolece no ya de debilidad, sino de una perfecta deshumanización cuya fealdad máxima consiste en hender la sociedad en vencidos ahora vencedores y vencedores ahora vencidos.

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Roberto Esteban Duque es Doctor en Teología Moral.

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