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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Dinero, el excremento del diablo (I)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 27 de octubre de 2007, 04:25 h (CET)
(UNA SEÑORA PAUPÉRRIMA Y UNA PAUPÉRRIMA SEÑORA)

“Os lo repito; es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos”. Mt. 19, 24 (Mc. 10, 25; Lc. 18, 25)

Si usted, desocupado lector de estos renglones torcidos, ronda los treinta (o los sobrepasa), habrá escuchado más que probablemente, con toda seguridad, y hasta me atrevería a añadir, sin ningún temor a marrar, que en más de una ocasión, decir a alguien que determinados hombres son tan pobres que no tienen otra cosa que dinero, el excremento del diablo.

Ignoro si usted ya conoce el cuento, la anécdota. Al menda lerenda (para unos, E. S. O., un andoba de Cornago; para otros, Otramotro), apenas un as o comino, poco, muy poco, le importa que ése tenga, o no, base cierta, real, que ésa sea verosímil o fantaseada. Si lo/la trae aquí y ahora a colación es porque considera (y hasta cree a pies juntillas) que la moraleja que contiene, si logran extraerla la inmensa mayoría de cuantos lo/la lean, puede aprovechar a muchos, o sea, resultar didáctica a tope, quiero decir, ser útil a bastante peña. Ahí va, por tanto, la conseja.

Una señora que frisaba los cincuenta, recién salida de la peluquería, enjoyadísima, vestida con un traje rojo, con los zapatos y el bolso a juego, también bermejos, ergo, conjuntada, salía en ese preciso momento por una de las puertas del hipermercado, que comunicaba con uno de los pisos del parking, en compañía de Bernarda, su leal fámula o mucama, que iba a su zaga, empujando el rebosante carro con la compra que acababa/n de hacer. Una perspectiva cenital del mismo nos informaría pormenorizadamente, sin duda, de lo que sobrenadaba en el susodicho, néctares diversos y ambrosías varias, los caldos y manjares mejores, las bebidas y viandas más caras.

Cuando la señora se dispone a abrir el maletero de su cochazo (le ruego que sea usted, motu proprio, quien elija la marca y el modelo, porque servidor es un lego en la mentada, que no lamentable, materia), se da cuenta de que una mujeruca enlutada, que lleva en su mano izquierda un manojo de hierbas, de las que crecen en las bases y junturas de los pilares con el suelo del parking, donde tienen el hábito de aliviarse y marcar territorio los canes, acaba de arrancar unas cuantas de la columna más cercana.

(Continuará mañana.)

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