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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar  

La verdad y la gente

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
sábado, 27 de octubre de 2007, 04:25 h (CET)
Dice Felipe González que “en política, la verdad es lo que los ciudadanos perciben como verdad, no lo que los políticos tratan de que parezca verdad”. Una afirmación formulada con la rotundidad de un axioma, pero que a mi me parece harto discutible.

La verdad en política, y en cualquier materia, es algo mucho más importante que lo que puedan percibir ese colectivo difuso, la gente. No cabe duda de que unos ciudadanos percibirán una cosa y otros, otra diferente y quizás contraria, y como nada puede ser al mismo tiempo varias cosas, está claro que la simple opinión de la gente no nos proporciona ninguna certeza.

Es posible que haya quien opine que será verdad lo que perciba como tal la mayoría. La democracia es un procedimiento útil para conseguir acuerdos en los que, si no se obtiene la unanimidad, decida la mayoría. Las encuestas sociológicas pueden arrojar datos, más o menos fiables, de lo que piensan los ciudadanos, pero estos datos podrán ser valorados de forma diferente por la gente. A nadie se le ha ocurrido, hasta ahora, sustituir las elecciones por los sondeos.

Por tanto lo que perciba la gente como verdad será algo cambiante, plural y variable y casi siempre inducido por los poderosos medios de comunicación que ofrecen al ciudadano opiniones partidarias, en lugar de informaciones objetivas. Así la segunda parte de la frase que dice que “la gente no percibe como verdad lo que los políticos tratan de que sea verdad” es otra falacia. Los políticos siempre tratan de que parezca verdad lo que ellos dicen y habrá gente que los crea y habrá gente que no los crea. La gente es un conjunto enormemente maleable por la propaganda. Aquello de que una mentira repetida miles de veces se convierte en verdad es el punto de partida de todos los especialistas en agit-prop que han ido perfeccionando sus métodos con notable éxito a lo largo del tiempo.

El problema es que cuando algo es creído como verdad, ya es verdad en sus consecuencias. Los ejemplos están a la vista. La historia que cuentan los nacionalistas es falsa, pero creída como verdadera, impulsa el nacionalismo. Es falso que lo decida el Parlamento por mayoría hay que aceptarlo como bueno, verdadero y obligatorio, pero como muchos políticos y mucha gente lo estima cierto, se utiliza para reescribir la historia, hacer lo blanco negro, llamar matrimonio a lo que no lo es, adoctrinar a la juventud, decidir sobre la vida de los que van a nacer o los que van a morir, etc.

En el Evangelio se nos dice que la verdad nos hará libres, pero conocer la verdad exige algo que no está de moda: esfuerzo y honestidad. Perdidos en esa masa llamada gente, podemos ser manipulados y dirigidos, podemos aceptar como bueno lo que diga la mayoría, o lo que digan los que mandan. Pero en nuestra concreta e inviolable individualidad estamos obligados a utilizar nuestra razón y nuestra conciencia para decidir con libertad.

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