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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

La razón de mi desconfianza en ti, Bernarda Ocaso

Ángel Sáez
Ángel Sáez
viernes, 26 de octubre de 2007, 01:46 h (CET)
Dilecta Bernarda:

Lo primero y principal es pedirte perdón por todos los daños causados (voluntarios e involuntarios). Ahora bien, para aligerar algún gramo o kilo mi bagaje o zurrón de males, convendría que aprendieras y empezaras a distinguir entre vida y literatura (no obstante ésta esté llena o se abastezca normal y regularmente de aquélla). La literatura (tal y como yo entiendo dicho vocablo) es una metamorfosis o recreación de la realidad (más o menos pura y/o dura).

Lo segundo: te doy las gracias por haberme dejado conocerte y amarte tanto (aunque, a veces, he tenido la impresión refractaria, lo confieso, de haberlo hecho como un tonto; pero ¿qué enamorado no ha tenido, tiene o tendrá la ligera u onerosa sensación de haberse comportado como un tal?). Posees un alto y lato y profundo y variopinto acervo de dones, mañas y virtudes, porque, de otra forma, deduzco, no hubiera acaecido lo que ha acontecido (con este embelesado, embobado o entontecido tuyo, a ratos “angelito”, a ratos “mal bicho”).

Lo tercero: procuraré no volver a cometer con quien devenga mi definitiva esposa (sabes que mi deseo era que fueras tú, cuando Dios quisiera, pero, no obstante me molesta sobremanera tu decisión, acepto –de mal grado- que hayas rehusado ser la candidata) los errores que he acopiado o cosechado contigo. Haré las preguntas (todas las que sean necesarias o hagan falta) cuando me nazcan, no cuando convengan al cuestionado o a las circunstancias (porque, tal vez, entonces, ya sea demasiado tarde). Mi desconfianza en ti arranca o hinca sus raíces en varios comentarios que te escuché (sin querer) proferir in illo témpore, durante un viaje en tren que ambos hicimos por separado (tú, acompañada de la que, a la sazón, era tu mejor amiga) a Zaragoza, cuando nuestra relación de pareja ni siquiera había echado a andar, y que el Amor que sentía por ti iba ocultando, tapando, hasta que brotaba o surgía una nueva información o dato que volvía a crearme otra inquietud y a rememorar o retrotraerme hasta aquella ocasión pretérita.

Lo cuarto: los humanos marramos mucho (unos más que otros, por supuesto) y las máquinas también se equivocan. No te extrañe, por lo tanto, que ahora, aunque yerras en otros muchos vaticinios, hile y reconozca que aciertas al reputar apócrifo el trabajo llevado a cabo por mi deudo.

Lo quinto: convendrás conmigo en que servidor podría haber sido más demoníaco de lo que ha resultado. Los “chandríos” que había preparado para el nuevo “encuentro” (en el supuesto de que te hubiera dado por “eternorretornar” a tus fueros, quiero decir, volver a jugármela) eran, en verdad, de traca y matraca diabólica. Mejor así. El día XX (pues contiene dos guarismos) del mes que viene celebraré nuestro primer aniversario abriendo el sobre de marras, que guardo como oro en paño. Supongo que no colegirías (tras leer lo que el menda trenzó en una de sus últimas urdiduras) que lo había quemado, ¿verdad?

Lo sexto: soy un insensato redomado, porque estoy casi (porque la vida me ha enseñado que nunca se debe decir de ese agua jamás beberé) convencido y seguro de que, aunque viviera mil años, a nadie volvería a Amar, porque mi corazón seguiría estando enamorado y ocupado por ti. A pesar de tus defectos (yo también los tengo, pero, una vez casados, haría el esfuerzo de ir eliminándolos paulatinamente y de conquistarte a diario), siento que estoy unido por una fuerza sobrehumana (diría incluso que divina, mas aquí, en este punto, mi pretensión era doble; deseaba no quedarme corto, pero tampoco pasarme de largo) a ti.

Te ama y amará todos los días de su vida (esto es lo que piensa hoy, al menos; sobre todo, si no se casa), hasta que Átropos, la parca menos joven, corte el hilo de su vida (y aun después de muerto, porque ha probado todas las maneras habidas y por haber de olvidarte, pero nunca lo ha conseguido)

Félix Unamuno

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