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Laicismo independentista

Roberto Esteban Duque
Redacción
jueves, 25 de octubre de 2007, 00:39 h (CET)
Gaspar Llamazares reprocha a la Iglesia católica su memoria selectiva con la próxima beatificación de mártires, algo que justificaría plenamente la necesidad de la Ley de Memoria Histórica, demandando a la Iglesia el reconocimiento de su “negativo papel en el aval al franquismo y a la represión”. Santiago Carrillo hace gala de su también memoria selectiva, señalando que la Iglesia actual es idéntica a la de 1936, en cruzada contra la República antes y ahora contra la Democracia. Dentro de la misma Iglesia, con una dosis notable de perversión manipuladora, el monje de Montserrat Raguer, se descuelga con unas gratuitas afirmaciones: “el episcopado español mantiene la ideología franquista”, así como algo más mezquino, a saber, que a los religiosos los mataban por pugna política, no por su fe, que de mártires nada de nada. Mientras tanto, el ciudadano Zapatero se jacta de redactar el prólogo de la Ley de Memoria Histórica, empujado por el fantasma republicano de su abuelo. Por su parte, Pérez-Díez, o Carod-Rovira, José Luis, o Josep Luís, un personaje de acreditada infamia por sus entrevistas con ETA, y de arraigado afán independentista por sus consignas de separatismo catalán, insta a “marcar perfil” en la política lingüística, es decir, a radicalizar más su mensaje independentista. A todo esto podríamos añadir la gestación, negada por el Gobierno, de la ruptura del Concordato con el Vaticano, la celebración próxima de un Concilio (?) Ateo en la antigua iglesia de san Vicente de Toledo, así como el deseo de unos cuantos por apostatar.

¿Qué urde el Ejecutivo respecto de la Iglesia católica? ¿Hay alguien que lo sepa? ¿A qué nos invita a los católicos a hacer mañana en entusiasta colaboración, diálogo y talante democrático? ¿En qué piensa el Ejecutivo aparte de sí mismo? ¿Qué España desea alzar para poner sobre sus hombros? Para entender bien al hombre, una idea o proyecto de un grupo, es preciso ponerse a su compás. ¿Cuál es la melodía del Gobierno, las intenciones y propuestas electorales de su programa, que no acaba nadie de comprender bien el modo de articularse su discurso en nuestra percepción de comunidad católica?

Entre las palabras terminadas en Z, de Zapatero, hay una que él mismo silencia en su vídeo: humanidad, o humanidaz. Parece evidente que la lealtad o lealtaz principal del ciudadano Zapatero no es España; no es una lealtad nacional que aspira a la unidad o a la incorporación de todos los partidos en una unidad mayor nacional. Más bien apunta a la desintegración nacional con sus socios secesionistas, a una vasta decadencia. ¿Qué quieren construir juntos los catalanes con el resto de los ciudadanos de España? Eliminada la aspiración a la unidad, cualquier empresa está viciada en raíz. Los aliados republicanos y comunistas de Zapatero son individuos sin el menor interés por el bien de España, cabezas infames con proyectos artificiosos, que menosprecian los sentimientos de la nación española y están lejos de sus necesidades o esperanzas. Ellos se han convertido en lo más intolerable de la sociedad, al mantener la voluntad de desgajarse y desintegrarse de la convivencia nacional. Los nacionalistas estúpidos no son ciudadanos de España porque no se sienten vinculados a ella por ningún lazo común de reconocimiento y mutua preocupación. ¿Qué le importa al aldeano Josep Lluís la vida del pueblo español? El ciudadano inteligente necesita otros agentes políticos para gobernar una nación, capaces de pensar en el bien común, y no en particularismos desintegradores que alteran la convivencia y desafían tradiciones de toda naturaleza. Esta gente piensa que sólo lo propio contribuye a la verdad. El problema de estos aldeanos es la pereza de pensamiento que los caracteriza, su tendencia a ir por la vida sin pensar en otras posibilidades y razones que las propias.

A mí me parece respetable que el personaje Rovira tenga ambiciones absolutistas. Diría más, su conducta es “éticamente irreprochable”. El hombre cuya entelequia fuera ser ladrón tiene que serlo, si no quiere falsificar su vida. Pero el hombre dedicado a la vida pública debe anteponer el bien común a sus horizontes reduccionistas y limitantes, subordinar sus propuestas ideales a un bien mayor, con el fin de no malograr la vida de España. Si en Cataluña crece la “desafección hacia España”, como dice Josep Lluís, es precisamente por personas como él, que no contribuyen con su política a generar un ambiente de paz y de estabilidad. Sólo habrá salud nacional en la medida en que estos sectores independentistas se incorporen de buen grado a la unidad nacional, y no vean sus reducidos y parciales horizontes de descomposición territorial con presunciones absolutistas que no demanda la nación española.

El laicismo beligerante, tan contemporáneo como extemporáneo, está encontrando en el independentismo un caldo de cultivo excelente. El laicismo militante que propugnan los republicanos y muchos socialistas para España (Joseph Borrell se atrevió a decir que la Iglesia ejerce una aberrante enseñanza en materia moral) con la ruptura de los acuerdos Iglesia-Estado, el cese de la financiación estatal a cualquier institución religiosa, y la eliminación de la Religión de la enseñanza curricular, no parece deseable, sino abiertamente hostil para la democracia, para una educación liberal y para un cultivo de la humanidad, donde debiera buscarse por encima de cualquier otra ambición el verse ligados por capacidades y problemas humanos comunes.

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Roberto Esteban Duque es doctor en Teología Moral.

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