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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Carta abierta a mi último capricho, Bernarda

Ángel Sáez
Ángel Sáez
jueves, 25 de octubre de 2007, 00:31 h (CET)
(TEXTO ESCRITO A MANO QUE HE HALLADO ESTA MAÑANA ENCIMA DE MI MESA DE TRABAJO)


Dilecta Bernarda:

Servidor pensaba, a priori, que tenía capacidad para hacer daño a mansalva y aun vocación de ser diabólico, pero todo esto no ha resultado ser más que un castillo de naipes que, nada más recibir el aviso de que iba a producirse en breves instantes un mínimo temblor, se ha venido abajo sin estrépito, o sea, ha quedado en agua de borrajas o cerrajas, abreviando (o como resumen), en nada; y es que, llegado el momento de poner en práctica todo el arsenal de perjuicios y prejuicios que el menda lerenda había pergeñado y acopiado, con sumo esmero y señera exclusividad, para usarlos en tu contra, va y se raja; pues se ha apoderado de él y sus circunstancias el ángel que siempre le acompaña, que ha sido, precisamente, quien ha vencido y convencido (con argumentos irrebatibles, irrefutables) y dejado para el arrastre a su otro sempiterno compañero de viaje, el demonio, que se ha quedado con un palmo de narices, andando (yendo y viniendo), desde entonces, de un lado para otro, sin rumbo fijo y de capa caída.

Quiero que sepas que tu facilidad (y hasta ¿fatalidad?) para metamorfosearte en coneja literaria, esto es, para parir tantos alias (contrólate –lo aprendiste a hacer con el lento transcurrir del tiempo en cierto foro y ya no te coge ni un galgo gazapero- un poco, porque, si no, vas a dar en orate o loca –pues circulas cuesta abajo y sin frenos, con evidente riesgo de darte de bruces y sopetón contra dicho blanco o diana-), me ha llevado a malinterpretar un montón de asuntos que tenían que ver con tu persona única, sí, pero personalidad (espero y deseo que no niegues este rasgo tuyo a estas alturas del guión) múltiple.

Ya sé quiénes eres (me he decantado por copiar este párrafo íntegramente, tal cual aparece trenzado en el original, porque, a pesar de que fue tachado, supongo, por su autor con un trazo estrecho, resulta legible, de la roda al codaste, y acaso sirva a alguien algún día de algo), cuántos seudónimos están detrás de ti en determinado sitio. Una data, con tiempo, podrías hacerme el gran favor de mandarme un correo que recogiera, si no todas, buena parte de las razones que te empujaron o motivaron a idear dicho invento y/o trampantojo, porque, no obstante el denuedo (por el desgaste) neuronal hecho por este amanuense, no he logrado hasta el presente (momento) entenderlo, de veras. Si escribes mucho, madúralo, púlelo, tamízalo, pero… por qué… para qué alumbrar tantos falsos padres o fautores a tus urdiduras.

Si alguna pizca o ápice de autoridad tengo aún para ti, te recomiendo que no eches en saco roto el final de “El Buscón”, de Francisco de Quevedo y Villegas, donde podrás leer la lección concentrada de ética y estética o moraleja que contiene y corona el libro: “Y fueme peor, como v. m. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres”.

Nunca conseguirás hacerte una idea cabal (ni siquiera aproximada) de qué has significado o supuesto para mí; cuánto te he amado; cuánto caudal emotivo/sentimental has contribuido, con tu reprensible actitud, a que se abortara o malograra, se fuera al garete (y por qué, me pregunto y repregunto; por qué) o a hacer puñetas. Por qué.

Tiendo a pensar (no sé cómo lo contemplas o miras tú, ni cómo te ves tú a ti misma) que eres una persona desnortada, desorientada. Insisto en que te tengo por depositaria de un riquísimo acervo o tesoro y, asimismo, en que tienes un rimero ubérrimo de condiciones especiales, un potencial inusitado e inconmensurable de dones, facultades o virtudes, pero, a menudo, pareces un barco sin gobernalle ni timonel, a la deriva.

Hazme caso, Bernarda. Presiento que, como sigas por los derroteros que transitas, acabarás mal. Y sabes que tal hecho me pesará sobremanera.

Te desea lo mejor, de verdad, quien no podrá olvidarte mientras viva, tu “mal bicho”, Félix Unamuno.

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