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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Vergüenza y memoria

José Romero P. Seguín
Redacción
miércoles, 24 de octubre de 2007, 10:40 h (CET)
Borremos de plazas y calles todo símbolo del franquismo, dejémoslas vacías para que a la hora de la nueva derrota frente a la violencia de ese puñado de asesinos de ETA, podamos ofrecérselas dispuestas para que esculpan en caracteres indelebles sus heroicos nombres. Muchos de ellos ya lo han hecho.

Quizás les demos, a ese puñado de facinerosos, asco, o pena, que más da, pues en gentes de esa diabólica calaña ésta no es sino una variante de esa otra sensación que invita a la náusea, y en esa certeza renuncien a hacerlo para evitar futuras afrentas.

Como fiarse y respetar a un pueblo que treintena de años después de muerto el dictador se levanta firme contra él y lo derrota en las mismísimas cenizas de la historia. Confiriéndole en tan heroica gesta otra victoria, la de permitirle que nos prive de una parte de nuestro pasado, que de algún modo nos desmemorie de nuevo de un patrimonio que, al margen del legado trágico y terrible que lo anima, nos pertenece y en esa medida nos exige aceptarlo y conocerlo.

Qué respeto merece un pueblo que con una mano negocia con asesinos la entrega de la democracia al dictado de sus apetencias, y a esa repugnante renuncia le llama paz. Mientras que con la otra mano atiza la rabia contra aquel que ya no nos pude hacer más daño, aquel que ya no es, y que no merece otra atención que la de situarlo en el lugar que le corresponde en nuestra historia.

Para poder ostentar un mínimo de legitimidad a la hora de condenar, pasadas y presentes, dictaduras, es necesario mostrarse inflexibles con aquellos que vienen acosando nuestra convivencia democrática con la violencia y las más egoístas y reaccionarias exigencias políticas y económicas.

Si no tenemos vergüenza a la hora de mancillar la justicia, la dignidad y la libertad aquí y ahora, como podemos proclamar que tenemos memoria histórica en defensa de esos mismos valores, que no sea, como lo es, el vivo ejemplo de la desmemoriada desvergüenza que caracteriza junto al más feroz oportunismo el quehacer político.

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