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Urbanidad era el nombre

Herme Cerezo
Herme Cerezo
domingo, 21 de octubre de 2007, 00:02 h (CET)
Los colectivos biciclistas – los ciclistas son otra cosa, más profesional, más cívica – reclaman más carriles-bici, más largos, sin solución de continuidad, ellos, a cambio, no respetan los pasos de peatones, las señales de stop o los semáforos en rojo; muchos automovilistas conducen por las autopistas, evidentemente, a más de ciento veinte kilómetros por hora, empujan con luces largas a los que adelantan a la velocidad reglamentaria y, si el adelantador, que está en su derecho, no permuta su carril hasta que no termina la maniobra, le rebasan describiendo una ese inverosímil, que hace peligrar la vida del conductor legal, la del conductor adelantado, la del propio terrorista vial y la de su santísima madre; espera uno, intermitente puesto, chip-chap,chip-chap, que el semáforo se ponga en rojo y corte la riada de turismos para poder aparcar en el lugar que ha encontrado después de veinte minutos de búsqueda cuando, de repente, llega dos, o sea, el niño listo de turno, un jeta de marca, se le pone delante, hace marcha atrás y ocupa el sitio donde uno esperaba aparcar y aunque éste, el uno digo, le advierte de su presencia, ¡mec-mec, mec-mec!, dos hace oídos sordos y cuando luego el paciente uno le recrimina su acción, dos ni siquiera dice "disculpa", sino "ahí te pudras, gilipollas"; las niñas y no tan niñas, llevan bluyines de tiro corto, muy corto, cada vez más corto, y se sientan en cualquier parte – bordillos de acera, escalones de portales, bancos de los parques - para poner en conocimiento de la ciudadanía que tienen culo y que llevan un tanga – verde, rojo, negro, amarillo, azul, etcétera – a ser posible acompañado del tatuaje de un lagarto, de un demonio cornudo o de una simple adelfa; don Luis Aragonés no lleva a Raúl González, jugador del Real Madrid, aclaro esto por si todavía a estas alturas alguien no lo sabe, a la selección española de fútbol y se le recrimina, por enésima vez, su decisión al tiempo que, motivado por no sé que extraño sentimiento de culpa, se intenta orquestar un desagravio nacional al jugador madridista quien, por su parte en una actitud que le honra, no dice ni pío; se continúan fabricando deportivos biplazas, de marcas caras y lujosas, que chupan lo propio y lo ajeno, a cambio de transportar menos personas por vehículo engrosando la circulación, contaminando el panorama y entorpeciendo la movilidad del transporte público colectivo; el carnet por puntos funciona como funciona, y un elevado porcentaje de sanciones impuestas corresponde a conductores que no llevan cinturón de seguridad o a motoristas sin casco, cuando las actitudes de estos dos colectivos, el de los conductores sin cinturón de seguridad y el de los motoristas sin casco, no molestan a los demás ya que sólo se perjudican a sí mismos por no proteger su cuerpo - eso sí, en un acto de heroica valentía -, como deben; se agitan aires republicanos para derrocar, pacíficamente, claro, una monarquía que "sólo" aportó modales democráticos a un país que salía, con paso dubitativo y miedoso, de una dictadura de cuarenta años, sin pensar que todos los modelos políticos son imperfectos y que el sistema que tanto alaban, la república, es el modo de gobierno de algunos países que precisamente no gozan de la simpatía de una buena parte del orbe (no hace falta citar nombres, están en la mente de todos); en la enseña nacional, ¡vaya perra que han tomado ahora algunos políticos con la bandera!, se sustituye el escudo de España por el toro de Osborne y nadie dice nada, es más, se explota comercialmente semejante burla anticonstitucional; la gente le echa morro al tema y se cuela en las colas del supermercado o del autobús o del banco o del kiosco de la Once – lo que importa es colarse, yo, el primero, oigan - sin respetar turnos ni momentos de llegada, sin el menor miramiento y, si les dicen algo, responden que todavía hay que darles las gracias porque les permiten ubicarse detrás de ellos; acudimos a una sala de conciertos, lugar donde se concentra la mayor cantidad de constipados, gripes y toses contumaces por metro cuadrado del país, y, a pesar de las prohibiciones expresas, a mitad del segundo movimiento, normalmente un Largo, un Lento o un Adagio, de tal o cual sinfonía, "canta" inconsciente, implacable y acelerado un celular que interpreta la risa de un niño, la banda sonora de ‘La muerte tenía un precio’ o, simplemente, el soniquete oficial de la marca del teléfono; en las cadenas de televisión - en casi todas ellas -, un ojo mágico se introduce en las vidas públicas de los famosos o de unos seres encerrados en una casa durante un tiempo predeterminado, mientras un "grupo de expertos" analiza hasta el mínimo detalle incidencias tan importantes como las veces que un famoso entra o sale de casa y con quién, los bostezos de uno de los concursantes al levantarse o el énfasis con que otro de ellos, u otra, se cepilla los incisivos ante el espejo del cuarto de baño.

No sigo, no quiero seguir, me niego. Son detalles que conocemos todos de sobra, que nos rodean, que perturban nuestro quehacer cotidiano, que podría resultar mucho más amable y sencillo de cómo nos lo montamos actualmente. Cada vez cuesta más armarse de valor para salir a la calle, para hacer frente a la vida que amanece con nosotros un día tras otro y que no sabemos qué devenires nos va a deparar (ni siquiera podemos asegurar si, por la noche, regresaremos a casa sanos y salvos o no).

Pero mientras tanto, miren ustedes por dónde, mis improbables lectores, este país de momento llamado España en todas las enciclopedias, se debate entre si en sus centros educativos se imparte una asignatura llamada "Educación para la ciudadanía" o "Religión". Valiente pérdida de tiempo, con lo caro que va, el tiempo, claro, cuando lo que simplemente hace falta es un poco de sentido común y, tal vez, algo que enseñaban en los colegios a nuestros mayores cuando eran pequeños. URBANIDAD era el nombre de aquella asignatura.

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