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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Aquellos señoritos

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 20 de octubre de 2007, 09:29 h (CET)
“Este hombre no es de ayer ni de mañana,
sino de nunca; de la cepa hispana
no es el fruto maduro ni podrido,
es una fruta vana
de aquella España que pasó y no ha sido,
esa que hoy tiene la cabeza cana.”


Antonio Machado

Dentro del último decenio, más bien del último lustro, ha sobrevenido al mundo un nuevo riesgo, y es el de echarse a perder. Yo diría que no se trata de que se hayan sobrevenido al mundo -en particular al mundo occidental en el cual estamos- males reales y efectivos; creo más bien que se trata de que deliberadamente, voluntariamente, se está empezando a corromper, se está empezando a echar a perder ese mundo. Ese mundo que penosamente, heroicamente, se había construido desde la gran catástrofe que terminó en 1945.

Existe un cierto señoritismo. Ortega, hace más de sesenta años, definía al “hombre masa” como el “señorito satisfecho” o como el “niño mimado”. La dureza de la vida europea y occidental en los años de la guerra -o de las guerras- y en los siguientes hizo evidentemente que nadie fuera mimado, y así desapareció -pareció que desaparecía, sin dejar simiente- el señorito -aquellos señoritos-, pero quedó la simiente.

Y ha habido una nueva cosecha. Se ha producido, evidentemente, por el exceso de facilidades, por aceptar las cosas como obvias, como regaladas, por creer que todo está ahí, sin más, y que se tiene derecho a todo. Por creer que todo es natural y no resultado de una invención y un esfuerzo. Se ha producido al mismo tiempo la petulancia; la petulancia que acompaña siempre al niño mimado y al señorito. Se ha producido una obturación de la facultad de desear; al tenerse las cosas demasiados fácilmente y demasiado pronto, se tienen por lo general antes de desearlas, y entonces pierden su valor automáticamente.

Se ha producido también una curiosa envidia ajena, que me parece uno de los síntomas más feos de ciertos estratos del mundo actual. Y adviértase que esa envidia ajena no afecta a los que tal vez pudieran tenerla, a los realmente desventurados y desposeídos. En general afecta a los que no han llegado a las cimas pero están en camino de llegar a ellas; y si no llegan es porque no están dispuestos a hacer el esfuerzo necesario.

Añadía Ortega que estos hombres buscan “un pastor y un mastín”. Lo encontraron, naturalmente. El pastor principal -¿era pastor o era mastín?- se llamaba Adolfo.

Siento que hay que atreverse a la inactualidad, que hay que atreverse a la extemporaneidad. Al lado de la altura de los tiempos, yo diría otra metáfora: la hondura de los tiempos. Creo que hay que atenerse a la hondura de los tiempos y principalmente la hondura del propio tiempo vital. O, con una expresión que en otro sentido empleó Menéndez Pidal, hay que recurrir al estado latente. Hay cosas que no se manifiestan, pero están ahí, están latentes, están debajo, están subyacentes, y podemos quizá descubrirlas, desvelarlas, alumbrarlas. A veces hay que hacer algo inactual, que no esté de moda, que no se lleve, algo inoportuno.

Hay que atreverse a hacer una pintura que no guste en las galerías de arte, que no tenga valor en las subastas. Hay que atreverse a hacer una música que no se estrene en los festivales. Hay que atreverse a escribir libros que a los críticos no les interesen. Hay que atreverse a oponerse pacíficamente a la violencia que nos circunda. Hay que atreverse a reclamar la libertad de los ciudadanos amedrentados por los etarras. En otros términos, hay que atreverse a algo modestísimo: a ser. Simplemente a ser. Y como dijo el poeta: “Historia / es hacer memoria”.

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