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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Por qué denigrar el pasado por pura demagogia?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 20 de octubre de 2007, 01:51 h (CET)
¿Es posible que en España haya tantos que sufren pérdida de memoria? Somos muchos quienes tuvimos ocasión de vivir bajo el régimen del general Franco y, vean por donde parece que, a la mayoría de los que nacieron, crecieron, estudiaron, trabajaron, se casaron y medraron durante aquellos años de la llamada “dictadura”, han sufrido una amnesia repentina o un cortacircuito neuronal que les ha hecho olvidarse de todo lo bueno que hubo entonces y, por una rara transposición de ideas; por un olvido selectivo de los acontecimientos ocurridos en aquellos tiempos o por un temor a ser tachados de amigos del “régimen”; se sienten obligados a despotricar de aquella época en una competencia encarnizada con otros que se empeñan en no quedarse atrás en cuanto se refiera a desprestigiar cualquier faceta de la España de aquellos tiempos. Es sabido que la cobardía es patrimonio de los débiles de espíritu, de los inseguros y de aquellos que temen perder algo. Mi caso no entra en ninguna de estas opciones, por lo que a mí no me asusta decir que toda esta moda, instaurada por la izquierda resabiada, impulsada por todos aquellos que se dedicaron a intentar desfondar el régimen anterior, pero que, a la vez, se beneficiaron cuanto pudieron de él; no eran más que una minoría y que, salvo al final de de la dictadura, no tuvieron el más mínimo eco en el resto de la ciudadanía que, salvo que quisieran atentar contra el régimen vigente, no tenían por qué temer que nadie les perturbara su tranquilidad y su libertad.

Han sido estos propaladores de falsedades los que han hecho correr, entre los nuevos ciudadanos, entre estas juventudes nacidas en medio de la prosperidad y muy dadas a creerse historias de fantasmas y ogros feroces; que en aquellos años del franquismo todos estábamos aterrados y que se nos encerraba en las mazmorras, como, por cierto, hace en la actualidad Fidel Castro sin que, al parecer, nadie se escandalice. Que hubo represalias cuando finalizó en 1939 la Guerra Civil, pues sí las hubo, pero es que ¿hay algún iluso que pueda pensar que no las hubiera habido si los vencedores hubieran sido los de Negrín, Largo Caballero, Prieto y Azaña? Las hubiera habido y, con toda probabilidad, siguiendo la senda stalinista de aquellos comunistas, más numerosas y mas sangrientas. Pero también hubo un regeneración de la sociedad, hubo periodos de vacas flacas pero, con el tiempo, el país resurgió y hubo muchos años de una gran bonanza económica; de trabajo y de prosperidad. Es obvio que los que querían evitar que así fuera, los que deseaban que España estuviera a los pies de los caballos comunistas, nunca pudieron digerir que así sucediera. Por ello, se dedicaron sistemáticamente a crear el descontento entre los obreros de las fábricas e intentaron, con escaso éxito, fomentar el descontento y la revolución.

Una dictadura que dura 45 años, salvo que sea comunista, es difícil que se pueda considerar como opresora y así lo comprendieron, por fin, todas las naciones europeas cuando se dieron cuenta del gran servicio que les había hecho Franco poniendo freno al comunismo. Y esto es precisamente el agravio que, estos progresistas de hoy –muchos de ellos que, gracias al nuevo régimen, pudieron estudiar, sacarse carreras universitarias y prosperar, pero que no han sido capaces de superar sus demonios personales y odios atávicos que los han llevado, al retorno de la democracia, a volverse contra aquellos que les dieron de comer en sus manos – reivindican con saña. ¡Cuántos Cebrianes, y cuántos otros que fueron jerifaltes durante el franquismo, se han cambiado de chaqueta y ahora son adalides del progresismo! Estos falsos progresistas encarnados por millonarios banqueros, constructores, poseedores de cadenas de periódicos y artistas de la farándula, que nadan en la opulencia y que, sin embargo, se declaran demócratas, comunistas o socialistas; y contra los cuales no se eleva ninguna de las voces que tanto critican a una derecha, que ¡no se olviden!, está, en su mayor parte, formada por ciudadanos de la clase media, que viven de sus profesiones o de sus sueldos y que son los únicos que todavía tienen el privilegio de tener ideas y de defenderlas, como las de la unidad de la patria, la solidaridad, la bandera, la defensa de la libertad, la convivencia en paz de todos los españoles y el respeto de las creencias religiosas de los demás. Esta derecha, que trabaja cada día cuando los otros, los que se declaran “progres”, tienen tiempo para dedicarse a manifestarse contra el orden establecido – no solo en España sino que, cuando conviene, en París o en Estambul –. Estos antisistema y anti–globalización que no dan golpe y que viven a costa de aquellos que los patrocinan, interesados en crear desorden y desasosiego entre la ciudadanía, para así arrimar el agua a su molino; es la que siempre ha sido vilipendiada y ninguneada por la izquierda progresista que, a la vez, cuando llega al poder no les hace ascos al dinero, la riqueza, la opulencia y el despotismo; pero que es incapaz de aceptar las ideas de los otros.

El truco consiste en comparar dimensiones distintas. Por ejemplo, cuando dicen que estábamos cohibidos y oprimidos por una moral victoriana, se olvidan de decir que, a finales de los años treinta, toda la sociedad de Europa y de Estados Unidos, estaba sujeta a costumbres parecidas y a una moral y ética distintas a las de que ahora alardea nuestra juventud, ni mejores ni peores, diferentes. No es que en España la forma de vida fuera muy distinta de la del resto de naciones y tampoco, los jóvenes de entonces, nos sentíamos oprimidos ni desgraciados ni dejábamos de divertirnos y pasarlo tan bien y, hasta me atrevería a decir que mejor, que los de la actual juventud y, por descontado, sin necesitar tanto dinero, ni emborracharnos ni drogarnos ni tener coche ni piso propio ni ninguna de estas zarandajas que parece que se necesitan hoy para ser felices. Claro que entonces se iba al colegio para estudiar y para aprender buenas maneras y no para insultar, agredir o maltratar a los profesores como parece que es costumbre hoy. Es muy fácil denigrar una época cuando ya casi no quedan quienes puedan reivindicarla. Por ello, cuando se tiene un Gobierno que pacta con los terroristas; un Gobierno que impone un estilo de enseñanza y obliga a someterse a ella; un Gobierno que descuartiza a España y que permite que haya lugares donde no se tiene libertad para hablar y aprender en el idioma oficial; resulta un poco difícil entender que se critique a Franco por prohibir el catalán y por obligar a estudiar religión en el bachillerato. Sólo va, entre los dos opciones, una diferencia de años, pero entonces teníamos seguridad y ahora no, entonces hablábamos y estudiábamos en castellano y nadie se quejaba y, por el contrario, ahora, hay lugares de España donde se proscribe el castellano y se obliga a hablar en otro idioma como si en vez de una nación fuéramos unos nuevos reinos de Taifas. Que quieren que les diga entre un mal y el otro me decanto por el de mi juventud. ¡Al menos entonces era un chaval!

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