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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Valencia: La chequera y el glamour

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 19 de octubre de 2007, 00:58 h (CET)
Estos días la ciudad de Valencia además de recordar con diferentes actos y exposiciones el tremendo desbordamiento del Turia a su paso por la ciudad, sucedido hace cincuenta años, ve cómo las autoridades municipales, con Rita Barberá a la cabeza, intentan sumergirse en los oropeles de un falso glamour fotografiándose con algunos astros, la mayoría ya en decadencia, del mundillo cinematográfico y que acceden a pisar la alfombra roja de este festival a cambio de un buen cheque que, miren por dónde, sale del bolsillo de los valencianos. Rita Barberá, nuestra alcaldesa perpetua, debe tener en casa un buen álbum de fotos en las que se la ve al lado de diversas celebridades del llamado séptimo arte. Aquel Festival del Cinema Mediterrani que nació en 1980, en plena transición, con vocación que dar a conocer parte de una filmografía a la que nos era difícil acceder ha devenido en un Festival en el que lo más importante es el acto social, el boato y los focos, la foto de la alcaldesa con el famoso de turno y el lucimiento de las señoras de la sociedad valenciana que sacan a pasear sus mejores galas en estas noches otoñales de Octubre.

Este año se celebra la edición que hace el número 28 de este certamen y a pesar de ya son muchos los años en que Valencia intenta convertirse durante una semana en capital de la cinematografía, al menos de la mediterránea, la verdad es que la Mostra de València-Cinema del Mediterrani nunca ha llegado a alcanzar la fama y difusión de la que presumen sus responsables políticos. Sin salir de España existen otros festivales dedicados al mundo del cine. nacidos después de éste y sin tantas ínfulas. que hoy son mucho más conocidos y apreciados por los aficionados que esta Mostra de València en el que las películas premiadas durante los últimos años no han obtenido la correspondiente correlación a la hora de su explotación comercial. A la mayoría de ellas de bien poco les ha servido la obtención del premio, simbolizado en un árbol tan mediterráneo como la palmera, su carrera comercial, salvo excepciones, ha sido triste y efímera.

Vicent Garcés, concejal de Cultura en el primer Ayuntamiento democrático post-Republica, por medio de la Fundación Municipal de Cine creó aquel primer festival de inicios de los 80 en el que el cine de los países ribereños del viejo Mare Nostrum era el lei motiv. La montaraz derecha valenciana le tuvo en su punto de mira desde el primer día criticando aquellas películas en las que no aparecía ninguno de los actores y actrices por ellos conocidos y donde el glamour brillaba por su ausencia. Lo mismo sucedió cuando, cuatro años más tarde, unas palmeras diseñadas, si no me falla la memoria, por Artur Heras simbolizaron los premios. Pero cuando en 1991 Rita Barberá, a pesar de no ser la más votada, llega a la Alcaldía de la mano de González Lizondo y su Unión Valenciana hacen tabla rasa de muchas de las muestras culturales creadas por los socialistas pero se quedan con el festival de cine ya que ven en él un buen escaparate desde el que mostrar sus ansias provincianas de pisar, al menos por un par de noches, la alfombra roja del brazo de algún famoso en horas bajas. Y así se ha llegado a la situación actual en la que lo que menos importa son las películas que conforman el concurso cinematográfico y lo que se busca es el impacto mediático de alguna vieja gloria que acuda a Valencia al olor del talonario de cheques.

Este año para la inauguración hemos visto al norteamericano Don Jonhson famoso hace ya bastantes años por su participación en una serie televisiva y a una señora tan estupenda como Raquel Welch que cerca de los setenta años sigue mereciendo el apelativo de “el cuerpo” como cuando tan sólo con un bikini blanco salía del agua en una de las primeras películas de Bond. Pero tanto el uno como la otra hace tiempo que no han visto sus nombres en los créditos de films triunfadores en premios y taquillas pero su venida ha servido a nuestra particular “dama de rojo” para añadir una nueva muesca en su álbum de fotos mientras las arcas del Ayuntamiento de Valencia quedan un poco más vacías ya que ni Raquel ni Don han venido hasta la capital del Turia de forma altruista. Quizás estas provincianas ansias de glamour de nuestra alcaldesa y su concejal de Cultura, Maria José Alcón, les sirvan para hacer meritos entre aquellos votantes adictos al “arroz y tartana” que tanto criticaba Blasco Ibáñez en su novela del mismo nombre. En los tiempos del viejo republicano “come curas” de Blasco ya muchos valencianos eran seguidores de “bufar en caldo gelat” (Soplar en caldo helado) y así nos va. Mientras el talonario municipal sirve para traer hasta Valencia figuras para el posado de la alcaldesa los servicios sociales siguen funcionando mal y hay ancianos valencianos que a duras penas llegan a fin de mes mientras sus nietos juegan lejos de unos jardines que nunca llegan a las barriadas periféricas de la ciudad, allá donde la ciudad pierde su nombre y donde los neones de la fama nunca llegan.

Poco le queda ya a esta “Mostra de València-Cinema del Mediterrani” de sus orígenes aunque si que es posible ver en ella películas ya visionadas en cualquier cine al uso o en algún canal televisivo. Ciclos de homenaje de los muertos del año, films del Oeste con un John Wayne (su hijo se desplazará a Valencia: otro talón más), viejos films de Truffaut y siete largometrajes de Bogart que se podrán ver en el ciclo titulado “Siempre nos quedará Bogart”. Al menos París y Bogart siempre nos quedarán, pero esta Mostra, como las de años anteriores, será olvidada cuando los asientos de las butacas todavía sientan el calor de las glamorosas posaderas de las autoridades valencianas que, un año más, han conseguido su objetivo de hacerse la foto con alguien más o menos conocido.

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