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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

La chocante serenidad

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 18 de octubre de 2007, 03:54 h (CET)
Entre las incontables acrobáticas payasadas que ZP viene ofreciendo al alucinado ciudadano de a pie, y desde su particular carpa mediática de exhibición política, una de las últimas, o mejor dicho, la “penúltima”, como se dice a la hora de tomar unas copas, porque nunca es la última, figura la de auspiciar el diseño de una España “serena”. Desde el punto de vista de la sosegada altura donde se escribe esta columna, que al norte “limita con el silencio”, este país puede clasificarse de cualquier cosa menos de sereno.

Tan sólo los desaparecidos vigilantes nocturnos de la calle que se han recobrado en algunas ciudades, y se intentan recuperar en algunos barrios de la Capital, fueron denominados “Serenos”. Se cuenta, que, por motivo de aquella antiquísima costumbre de caminar de noche por las calles con chuzo y linterna, y proclamando la hora en cada esquina periódicamente. Por ejemplo: ¡Las cuatro, y serenoooo!, significando que, a esa hora, el cielo estaba despejado.

Sereno, también, anda el que no está borracho, es decir con alcoholimetría “cero” que se dice ahora, lo normal. Aquellos populares y entrañables empleados del vecindario eran avisados a gritos cuando se llegaba al portal sin traer la llave. ¡Serenoooo!... y no tardaba en oírse en el silencio nocturno el golpe que daba en el suelo con su única arma defensiva, el chuzo, a la vez que gritaba: ¡Vaaaaaaaaaaaa!... y, acudía servicial con un manojo de llaves donde se encontraba aquella que franqueaba el acceso al propio hogar.

También es un término que se utiliza cuando alguien dice alguna cosa anormal, o fuera de lugar, y a quien se le pregunta con extrañeza: ¿Estás sereno?... es decir, la situación lógica opuesta a la del borracho. Al pie del catalejo de que se sirve esta columna, reposa abandonado un bello libro sobre “el silencio creador”, que destila serenidad. Pues bien, entre el centenar de escritores seleccionados por su autor, el número de españoles es una insignificancia, algo más de media docena. Y, es que, para nada la serenidad, ni sus seudónimos, son una característica nacional, dejando a un lado a los grandes místicos que, en efecto, disfrutan de calma serena, pero que no es de este mundo.

Este es un país al que le va la “marcha”, y de ahí que la algarabía, o el guirigay, sean circunstancias de común observación y síntoma de buena salud. Es todo menos aburrido, y para colmo, los “serenos” desaparecieron al final de los ochenta. Para ser justos, observando el panorama, y, a modo de excepción, existen unos lugares especialmente tranquilos, pacíficos, y sembrados de altos cipreses, con silenciosas avenidas propicias a la serena reflexión y al recuerdo: los camposantos.

Una España serena, además de aparecer como extraña e inconcebible, resulta una perspectiva tremendamente aburrida. Se ve, que, quemando las etapas finales de una accidentada legislatura, los asesores ya no han sabido encontrarle otro epíteto más que esta aberrante semántica.

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