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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

El contrato del resto de mi vida

Ángel Sáez
Ángel Sáez
jueves, 18 de octubre de 2007, 03:54 h (CET)
“La finalidad del castigo es asegurarse de que el culpable no reincidirá en el delito“. Cesare Beccaria


Sí; hace cuatro semanas cabales, en concreto, el lunes, 17 de septiembre de 2007, día en el que mi hijo pequeño, Alonso, cumplió su primer lustro de vida y que, como le acaeció al ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, también fue concebido en una cárcel, firmé el contrato del resto de mi vida.

La tobillera (prefiero este término al de muñequera o pulsera, por la sencilla razón de que la llevo alrededor de mi tobillo izquierdo) no me ha deparado, hasta el presente (momento), ningún contratiempo; ni siquiera el más leve dolor de cabeza. Para mí, el invento ha sido un acierto ciclópeo, colosal, íntegro. Yo no le veo al dispositivo de control más que ventajas, pues ha venido a adelantarme la libertad provisional dos años. Lo que no es moco de pavo, oiga (mejor, lea), sino una inconcusa bicoca.

Tras acceder al tercer grado o sección abierta (por haber cumplido las tres cuartas partes de la condena que me impusieron), que me propusieran para recibir una tobillera me llenó de satisfacción, porque tal hecho no sólo vino a significar, y de una manera incontrovertible, sin duda alguna, que el menda lerenda iba por el buen camino, esto es, que mi evolución en la trena (que no había pasado inadvertida) había ido viento en popa, quiero decir, que había sido impulsada por aires favorables, sino también que me consideraban autorresponsable, en otras palabras, que las autoridades carcelarias confiaban en mí. No les fallaré. Aunque, desde hace siglos, jurar no está de moda, ni tiene buena prensa, juro por mi santa y mi media docena de retoños que no defraudaré a cuantos depositaron su confianza en mi persona.

Hace un mes escaso, Instituciones Penitenciarias me hizo el mejor obsequio del mundo y yo le hice a mi benjamín el mayor regalo del orbe, al no tener que regresar (ni ésa ni ninguna otra noche) a dormir al trullo, ya que dispuse de más tiempo para poder leerle a mi niño un cuento más largo y hasta que se quedara dormido en mis brazos.

Ahora sólo tengo que ir a la cárcel cada quince días, para estampar mi firma en un libro de registro. Eso sí; de lunes a jueves, he de estar en casa antes de las 22.30 y no salir de ella hasta que hayan dado las 06.30. El “finde”, libre. O sea, un chollo. Por la cuenta que me trae, no volveré a caer en le hoyo, palabra.

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