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Etiquetas:   A la guerra con la guerra   -   Sección:   Opinión

Teresa de Jesús, la incondicional

Óscar A. Matías
Óscar A. Matías
martes, 16 de octubre de 2007, 23:13 h (CET)
Como supongo les pasará a muchos de ustedes, al pensar en Teresa de Jesús me viene a la memoria la magistral interpretación que Concha Velasco hizo en 1983 bajo la dirección de Josefina Molina. Capítulo a capítulo, cada semana, la pantalla nos fue ofreciendo los diversos aspectos de la vida de esta santa, que el día 15 de este mes conmemoramos su fiesta.

Los santos no nacen, se hacen. De joven ella también sintió el reclamo atractivo de las fiestas, el glamour y los amores propios de la época. Su cuerpo, embravecido como cabía esperar de una joven bella y atractiva, reclamaba un tipo de vida que nada tenía que ver con la contemplación religiosa. Luchando consigo misma, acabó ingresando en la orden carmelita profesando el 3 de noviembre de 1534. Su padre no lo consentiría mientras estuvo en vida. Y aun así, Teresa sabía que su vida estaba encaminada por esos andares.

Reponiéndose de una larga enfermedad, con la buena salud volvió de nuevo a sus aficiones mundanas, puesto que la clausura no se impuso como obligatoria hasta 1563. Y de nuevo vino la enfermedad. Y tras ella, una nueva conversión. Porque los santos no nacen, se hacen.

Pronto sintió la necesidad de fundar en Ávila un monasterio que observara de modo estricto la regla de su Orden, comprendiendo la obligación de la pobreza, el silencio y la soledad. Fue en 1562 cuando consiguió su objetivo, donde ingresaron cuatro novicias en la nueva orden de las Carmelitas descalzas de San José. No faltó alboroto, Teresa se vio obligada a regresar al convento de la Encarnación, y luego pasó cuatro años viviendo en San José con una gran austeridad. Fue víctima de la incomprensión incluso de los más allegados. Pero ella, recia y pertinaz, supo aguantar el bache. Sabía que incluso este tipo de pruebas sólo hacían que favorecerla, porque los santos no nacen… se hacen.

En 1567 acabó aprobándose el Monasterio de San José. Además de recibir la monja el permiso para fundar otros más. Así fueron llegando diversas fundaciones: Medina del Campo, Madrid, Alcalá de Henares, Malagón, Valladolid… A lo largo de estos años, junto a sus fundaciones, la enfermedad la acompañaba de modo persistente. Pero Teresa no se amedrentaba. Como tampoco lo hizo cuando fue denunciada a la Inquisición, o cuando estalló la discordia entre las Carmelitas y los Carmelitas en Plasencia. El dolor, junto a la incomprensión y el abandono, curten y hacen fuerte. Y es que Teresa lo tenía claro: el santo no nace, se hace.

Durante su vida no le faltaron tribulaciones, dudas y preguntas sin respuesta. Sin embargo confió plenamente en aquél por quién debía su vida, confiando en la providencia. Incluso siendo Burgos una de sus últimas fundaciones, la priora que se hacía cargo de él la echaría del convento. Y todo ello lo aguantaba con estoicidad y sacrificio, sin odio ni rencor.
Su confesor Francisco de Rivera ha dejado un buen testimonio de cómo era la santa: de buena estatura y en su mocedad hermosa, incluso de vieja parecía bien. Rostro redondo y proporcionado. Tez blanca y encamada. De muy buen aire en el andar, y tan amable y apacible, que a todas las personas que la miraban comúnmente aplacía mucho.

La noche del 4 de octubre de 1582 entregó su alma. Su cuerpo fue enterrado en el convento de la Anunciación en Alba de Tormes. Posteriormente sería trasladado a Ávila. Beatificada por Pablo V en 1614, fue canonizada el 12 de marzo de 1622 por el papa Gregorio XV. En 1970, junto a Catalina de Siena, se convirtió en la primera mujer elevada a la condición de Doctora de la Iglesia.

Teresa de Cepeda y Ahumada, Teresa de Ávila, Teresa de Jesús, doctora por la universidad de Salamanca, patrona de los escritores españoles, alcaldesa honorífica de la Villa de Alba de Tormes y Doctora de la Iglesia. No nació una santa… se hizo santa.

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