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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El alcoholismo

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 15 de octubre de 2007, 21:51 h (CET)
“El iba solo,
tambaleándose.
Borracho de amor,
borracho de hambre,
borracho de alcohol,
quién sabe.

El iba solo,
tambaleándose.”


Luis Rius

El alcoholismo constituye un grave problema de salud pública en nuestro país. Las consecuencias negativas que genera, así como su extensión a sectores de la población no especialmente afectados hasta ahora, como las mujeres o los adolescentes, han sensibilizados a la opinión pública.

A pesar del gran número de personas aquejadas de esta enfermedad y del enorme coste humano y social que esta enfermedad ocasiona, la inversión en medios humanos y materiales para atender a los centros asistenciales como a los programas preventivos ha sido mayor en otras drogodependencias. Las razones no son casuales. La brusca irrupción de las politoxicomanías en nuestro país a partir de los años ochenta; la edad temprana de los sujetos afectados; la vinculación de este hecho no sólo a problemas graves de salud, como el sida o la muerte por sobredosis, sino también a fenómenos de marginación social, han llevado a cuantiosas inversiones en el tratamiento de las drogodependencias no legales. No es cuestión de poner en entredicho la prioridad otorgada en los últimos años a la dependencia de opiáceos, sino que se trata simplemente de recalcar la necesidad ineludible de volver la vista sobre un fenómeno muy arraigado en nuestra cultura que no deja de extenderse a todas las edades y capas sociales: el consumo excesivo de alcohol.

Los problemas ocasionados por el consumo abusivo de alcohol rebasan con creces los derivados del hábito de la bebida. Las alteraciones de la salud, los trastornos psicopatológicos y los conflictos psicosociales constituyen una realidad compleja que requiere un tratamiento adecuado.

Las posibilidades de recuperación son relativamente altas cuando los sujetos no son muy mayores y están implicados activamente en la terapia. Por decirlo en otras palabras, la mayor urgencia clínica estriba en captar a las personas para el tratamiento porque, una vez incorporadas a él, las posibilidades de rehabilitación son relativamente buenas.

Sin embargo, la inquietud por este problema no debe llevarnos a rechazar sin más el consumo de alcohol. Se trata de una sustancia de fácil adquisición, socialmente aceptada, con una gran tradición cultural -no ajena, por cierto, a los intereses económicos que se mueven en torno a ella- y utilizada en buena parte como motor de las relaciones sociales.

Hay una minoría de adultos totalmente abstemios que ha decidido no beber nada de alcohol por intolerancia ante el mismo, por contraindicación médica o por convicción propia. Se trata de una decisión sensata y saludable. Sin embargo, es un hecho que la mayor parte de la población entra en contacto con el alcohol, hace uso moderado de él, disfruta de sus propiedades positivas, lo asocia a acontecimientos festivos y no sufre ningún tipo de consecuencias negativas.

Es más, según lo que se sabe hoy en día, tomar un vaso diario de vino durante las comidas, dentro de una dieta mediterránea, mejora el nivel de colesterol e inhibe la aparición de arteriosclerosis y de otras dolencias cardiovasculares.

Beber es agradable, algo de lo que no hay por qué prescindir si se hace moderadamente, y no hay razones médicas, psicológicas ni personales que lo desaconsejen. No obstante, algunos profesionales y organizaciones, sin duda influidos por los estragos del alcoholismo que ven palpablemente a su alrededor, dan la imagen de que es algo intrínsecamente malo y es poco menos que responsable de casi todos los males que aquejan a la sociedad actual. Se trata de una generalización excesiva porque, lejos de cualquier frivolidad, los excesos en el alcohol de algunas personas no pueden tergiversar la realidad del consumo gratificante e inocuo de otras muchas.

En resumen, de una conducta placentera normal se puede hacer un uso anormal cuando el sujeto presenta una pérdida de control, se muestra dependiente física y emocionalmente, pierde interés por otro tipo de conductas que anteriormente le resultaban satisfactorias, y todas sus actividades comienzan a gravitar progresivamente en torno al consumo de alcohol. En este caso se trata ya de un comportamiento problemático que interfiere negativamente tanto en la salud como en las relaciones familiares, sociales y laborales de las personas implicadas. Y es que, como dijo el poeta: “... en cuyo fondo de lodo / se echa el que infeliz existe / y quien, por no morir triste, / prefiere morir beodo”.

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