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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Falleras de calendario

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 14 de octubre de 2007, 22:01 h (CET)
Durante muchos años el calendario más deseado por el elemento masculino era el de la casa Pirelli. En él, cada año, se daban cita los cuerpos más deseados e inaccesibles para la mayoría y muchas de las grandes actrices pasaron antes por el satinado papel que marcaba los meses del año que por los platós cinematográficos. Durante los años más grises del franquismo los calendarios que abundaban en los hogares españoles mostraban bodegones, generalmente de caza, o las misteriosas y morenas mujeres pintadas por Julio Romero de Torres mientras las paredes de los talleres de mecánica y las cabinas de los camiones se adornaban con fotos y dibujos de “pin-ups” todavía desconocidas por estos lares.




Fallera en la Albufera de Valencia.



Pero desparecido aquel general de voz atiplada y poca alzada desaparecieron algunos de los metafóricos corsés que oprimían a los españolitos de a pie y comenzaron a aflorar las anatomías de las señoras por todas partes. En el cine, el teatro, las playas o los paseos ya podían apreciarse más centímetros de carne femenina que los que había sido posible admirar durante los años de opresión y franquismo. También los calendarios dieron un vuelco con la llegada del derecho a elegir a los mandatarios, desaparecieron aquellas perdices que adornaban las paredes de muchos hogares mientras las “morenas de la copla” del pintor cordobés mostraban redondeces varias y el vello púbico sustituía en la cuatricromía del calendario al viejo moño de toda la vida.

Pero la fiebre del destape fue como una erupción cutánea, pasó pronto y las aguas volvieron a su cauce y los calendarios fueron arrinconados por elementos mucho más modernos y técnicos que nos daban a conocer día, hora, minuto y hasta décima de segundo si me apuran. Todo hasta que hace pocos años unas amas de casa inglesas tuvieron la genial idea de crear un calendario donde la foto de sus desnudos fuera el acicate que hiciera comprarlo a sus convecinos, fue todo un éxito. Y a partir de aquí han sido diversos los colectivos que, al llegar las navidades, han posado para la edición de un calendario que, aprovechando el morbo que suscitan los cuerpos desnudos, les permita hacer caja. Bomberos, futbolistas y deportistas diversos y ahora falleras han ido mostrando sus cuerpos, ligeros de ropa y equipaje, al objetivo de la cámara siempre con el fin de obtener algún dinero para paliar alguna necesidad común o emplearlo en alguna buena obra.

Ahora han sido falleras de la comisión de la Falla del Poble de Silla las que han posado, artísticamente, para ilustrar los meses del calendario del próximo año para con la venta del mismo ayudar a mitigar los numerosos gastos que erigir una falla conlleva. En todas las fotos hay un elemento común que las identifica con la falla y la mujer valenciana: la peineta con la que todas se adornan y que es el único elemento del traje típico valenciano que llevan puesto en la foto. El morbo está servido y seguro que a algunos no les parecerá nada edificante la imagen que estas jóvenes de Silla van a dar con el calendario pero, en la ciudad de Valencia, no hace falta ir muy lejos para encontrar imágenes de mujeres desnudas y con una peineta de fallera recogiéndoles los moños. En el Salón de Cristal del Ayuntamiento de Valencia existen unas pinturas realizadas por Salvador Tuset en 1929 en las que se puede apreciar la figura de una mujer desnuda con tocado de fallera y en la fuente que en 1977 construyó Silvestre de Edeta y que está colocada en la Plaza de la Virgen las acequias de la ciudad, que están adorando al “padre Turia”, están representadas por sendas “lolitas” de bronce vestidas tan sólo con una peineta de fallera y aunque hubieron algunas protestas en el momento de su inauguración las aguas volvieron rápidamente a su cauce y ni tan siquiera la Virgen de los Desamparados, la “txeperudeta” de los valencianos, vecina de las desnudas ninfas ha protestado.

Albert Boadella antes de abjurar de su pasado se declaró admirador de “la sana obscenidad de los valencianos” y es que por estas tierras prima el doble sentido de las palabras y el buen humor sobretodo en lo referente a desnudeces y a poner nombre a la genitalidad y sus órganos. Uno de nuestros más grandes escritores, Joan Fuster, escribió que “dels pecats del piu Nostre Senyor se’n riu” (de los pecados del pene Nuestro Señor se ríe”, y claro si el Creador se ríe de estas cosas qué vamos a hacer los valencianos creyentes o no, reírnos a mandíbula batiente.

Pero no siempre ha sido así. En 1976 los rectores de la revista “Ajoblanco” un papel anarquista que, al amparo de la llamada transición, vendía unos pocos miles de ejemplares decidió festejar las fallas con un número especial y lo encargó a un grupo de jóvenes escritores valencianos, entre los que se encontraba Amadeu Fabregat que después sería el primer director de la Televisión autonómica valenciana, iconoclastas y transgresores aquellos valencianos hicieron befa y mofa de las fallas y su mundo dando una visión diferente a la que el, todavía franquista, mundo oficial ofrecía desde hacía muchos años. Algún que otro desnudo masculino con la peineta tapando los genitales se paseó por aquellas páginas que levantaron una gran polvareda en la capital del Turia ya que algunos consideraron aquellos escritos y fotos un delito de lesa patria y desde los poderes públicos, todavía franquistas, se pidió la cabeza de todos los responsables. El resultado fue todo un cúmulo de amenazas para la revista, una de las que hoy encuentro más surrealista decía “la patrona de Valencia, la “cheperudeta” hace milagros mientras la virgen de Montserrat es una buscona de raza negra” , la suspensión de la misma durante cuatro meses y una multa de 250.000 pesetas siendo ministro ese paladín de las libertades llamado Fraga Iribarne, aunque después fue tanta la polvareda levantada que todo el mundo quería leer Ajoblanco y en los meses siguientes la revista pasó de los 100.000 ejemplares de venta.

Afortunadamente hoy los tiempos han cambiado y ya nadie se extraña de que algunas falleras aparezcan desnudas en un calendario ni nadie va a pedir que sean expulsadas de su pueblo o se las condene al ostracismo. Pero no podemos olvidar que continuamos viviendo en la misma sociedad que hace treinta años se convirtió en tribunal inquisitorial y pidió el linchamiento público y el procesamiento por el Tribunal de Orden Público de unos jóvenes que comenzaban a caminar por el proceloso mar de las artes. Por suerte todo quedó en agua de borrajas y lo único que algunos perdimos fue el poder seguir colaborando en un pequeño programa que se emitía por Radio Nacional de España. Hoy las falleras de Silla pueden mostrar con orgullo sus cuerpos en el satinado papel de un calendario sin que los guardianes de las esencias patrias intenten acallarlas a gritos de himno y alardeos banderiles aunque tal y como están las cosas a más de uno les gustaría hacerlo.

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