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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Maruja Torres y el himno de las juventudes católicas

Roberto Esteban Duque
Redacción
domingo, 14 de octubre de 2007, 00:58 h (CET)
Podría el presente artículo titularse: “el himno que pone cachonda a Maruja Torres”, pero la dichosa estética y el respeto a su senectud me lo han impedido. Eso sí, el himno de las juventudes católicas para el día de la beatificación de los mártires lleva a la escritora al paroxismo contra la Iglesia católica. En un alarde de cultura, es decir, de ironía, Maruja Torres (ya saben, la que en su día llamó “hijos de puta” a muchos millones de españoles, evidenciando así poca ironía y demasiada naturaleza y espontaneidad) comienza afirmando en su artículo “Amanecer”, en el todavía “Diario independiente de la mañana”, que le mola el himno de la beatificación de los mártires de la República, a cuyos autores califica de fundamentalistas islámicos, al no entender ella muy bien qué sea eso de “dar la vida”.

El estribillo del himno reza así: “como los mártires, nuestros hermanos, de tierra hispanos queremos ser: dar nuestras vidas, unir nuestras manos y prepararnos para un nuevo amanecer”. Lo que sólo es “martys”, “testigo”, testimonio en favor de Cristo y de su doctrina con el sacrificio de la propia vida, la periodista sin título lo convierte en objetivo perfecto para la politización ideológica y su visión sectaria de los hechos, expresando su agresividad contra la Iglesia católica. La periodista sin título se ensancha con la destrucción de lo que no es conforme a su peculiaridad. Es evidente que la hostilidad es contraria a la ironía. Lo que sólo apuntaría en el himno a construir la unidad (“de tierra hispanos queremos ser”), la unidad fundamental, la unidad humana, es manipulado sectariamente por su fina caligrafía, y mal interpretado desde la coyuntura política, haciendo que su labor más noble sea la de buscar limitarnos los unos a los otros, recuperando memorias históricas absolutamente evitables, distinguiendo, como si no crecieran juntos, el lobo y el cordero, segregando la progenie del odio y de la enemistad que somos, como advertía Stendhal.

La mordacidad y la injuria sangrienta de la afamada escritora se manifiesta en su “enigma latente”, que constituye el colofón de su artículo: “¿se amanecerán ellos solos o nos amanecerán también a nosotros?”. Demasiada bilis acumula, algo nada aconsejable para su edad. Identificar a los jóvenes católicos con potenciales asesinos, uniformar la convicción de tantos jóvenes de estar constitutivamente religados a Dios, y expresarlo públicamente, con un asunto relativo a la mera coyuntura política, además de ponerla cachonda, convierte a la periodista sin título en una persona resentida que no parece haber renunciado sin dolor, sin pesar alguno, al mundo de lo religioso.

No pretendo que mi comentario piadoso sea el dedo que se pone encima de un vaso de bronce, donde apenas golpeado dilata su sonido hasta que alguien lo detiene. El eîdos (la figura) de la exaltada catalana es el de la ironía, pero la verdad, lo que patentiza su personalidad, sólo es una impostura ineluctable, una notoria aversión hacia un vasto sector de la comunidad humana. Nuestra época es una de esas épocas en que más sustancialmente se vive la enemistad hacia la Iglesia católica. Un periódico que aspira a ser “global en español”, a reflejar una cultura sobria, exenta de intransigencia, demócrata, humanista, progresista, constitucional, laica y plural, no merece tener adscrita a quien el éxito de la vida le lleva a producir el ateísmo de la suficiencia antropológica, un modo de ser esencialmente irreverente. O sí.

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Roberto Esteban Duque es Doctor en Teología Moral.

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