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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¡Ese no pega ni sellos de correos!

Marino Iglesias Pidal
Redacción
domingo, 14 de octubre de 2007, 00:58 h (CET)
Era lo que en la escuela decíamos de aquel que se pasaba todo el curso con ¡te voy a pegar...! y nunca pegaba.

A veces las palabras emanan tanta veracidad y fuerza que, vigorizadas por la contrastada personalidad de quien las pronuncia, conmueven o exaltan nuestro ánimo hasta límites insospechados. Otras, por su baladí reiteración o autoría, lo único que dan son ganas de... no, mejor, en vez de decir lo que se me vino a los dedos, diré que dan desganas, o que lo que hacen es quitar ganas.

¿Les suena eso de “firme condena” “combatir con toda la firmeza” “unión de todas las fuerzas democráticas para luchar...”? Se podrían llenar páginas y páginas con estas expresiones al uso o, por la trascendencia de que las dota la experiencia, simplemente teclear blablablablablablabla...

¡Si este pueblo fuera el pueblo que siempre dijo ser...! Pero, ya se sabe, dime de qué presumes y te diré de qué careces. Y, tanto el pueblo como sus dirigentes, están a una distancia intergaláctica de lo que presumen ser o tener.

Doña Brianda sabía muy bien de qué hablaba cuando dijo: Tristán no envaina la espada sin sangre, cuando la saca. ¡Pero! Eso ocurre en el drama “Estragos de amor y celos”. En la comedia “España monarquía parlamentaria, nación de naciones” Tristán desenvaina para entregarle la espada al “moro” mientras con gestos y tono rimbombantes le suelta: ¡Te perseguiré con todas mis armas y mis fuerzas hasta acabar contigo! Y el “moro” y doña Urraca se descojonan de la risa.

Y la comedia continúa con los principales un océano de entretenidos en su partida de Tute, cada cual al estilo propio de su parroquia:

Mentepollo.- ¡Veinte en bastos! ¡mecagón el obispo! – después de recoger y robar arroja otra carta sobre la mesa.

Barbitas matándola.- Pardiez, yo en oros – recoge su baza, roba y tira.

- ¡Las cuarenta! ¡mecagondios! – retumba Mentepollo a punto de romper su blandengue puño sobre la mesa.

Y ahí están, regustando la partida con buenas hostias de jamón de bellota y finos caldos de señalada cosecha. Y de la degustación de Miranda no digamos, contemplativo desde su regio sillón de diseño. Mientras, los comparsas siguen con sus murmullos, única acción que, por lo visto ellos consideran, les exige el libreto.

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