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Etiquetas:   La parte por el todo  

Están locos estos romanos

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 14 de octubre de 2007, 00:58 h (CET)
Hay un cómic de Astérix en el que éste y Obélix viajan a Roma. Allá se encuentran con una de las características más remarcables del imperio romano: la burocracia. En Roma las relaciones de cualquier tipo (excepto, quizás, las familiares) tenían forma de relaciones jurídicas y, por tanto, debía quedar constancia de los acuerdos.

Incluso la relación con lo trascendente tenía un procedimiento cuasiadministrativo. El ‘homo religens’, hombre religioso deudor de la divinidad mantenía con lo divino unos lazos parecidos a los que establecía con el estado. No era más que un ‘homo iuris’ aplicado.

Cuando leí hace años el cómic y pude ver la película que de él se hizo, me resultó enormemente divertida la secuencia que narra su colisión con el sistema rígido de la burocracia romana. Esas indicaciones erróneas y apresuradas, esas regañinas a los pobres protagonistas que no sabían cómo manejarse ante ese obelisco de la civilización. No resulta tan ameno cuando es a uno mismo a quien le llega el turno de enfrentarse al monstruo.

Cualquiera que haya tenido un encontronazo con diversas ventanillas (pocas veces es solamente una) ha sentido la perplejidad de los galos en Roma. No obstante, el término ‘burocracia’ se obtiene al unir el vocablo francés ‘bureau’ (escritorio u oficina) a ‘kratos’ (dominio o soberanía en griego clásico). Con esos datos ya deberíamos haber entendido quién manda.

La mayoría de ciudadanos que se acercan a una administración de cualquier tipo lo hacen seguros de lo que quieren conseguir. Tienen muy claras sus pretensiones y no aprecian dificultad alguna en su consecución.

Pero uno de los puntos fuertes de la ‘jaula de hierro’ weberiana es la total dependencia del administrado frente al administrador. Ante el puesto de información uno sabe lo que quiere y allí mismo le anuncian qué ha de hacer para conseguirlo. Estos requisitos para iniciar el procedimiento son, normalmente, mucho más costosos de lo que se esperaba.

Algunas veces incluso implica tratar con otros órganos de la misma u otra administración que deriva en el cumplimiento de nuevos requisitos, lo cual supone un incremento exponencial de la sensación de pérdida de tiempo.

Las colas interminables están compuestas de usuarios intentando entrar en las medidas del sistema. Usuarios a los cuales siempre dijeron que era el sistema el que trabajaba para ellos.

Hasta el mismo sistema llegó a creérselo. Están locos estos romanos.

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