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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La palabra libertad

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 13 de octubre de 2007, 00:13 h (CET)
“Lo único que aún me exalta
es la palabra libertad.


André Breton

Madame Rolland, al subir al cadalso, ve la estatua de la Libertad y dice una frase que pasará a la Historia: “¡Libertad cuantos crímenes se han cometido en tu nombre!”. En efecto, innumerables crímenes. Pero, ¿cuántos en nombre de la tiranía y contra la libertad? Por una orden de 9 de octubre de 1824 se establecía en España la pena de muerte para todo aquél que diese vivas a Riego, a la Constitución o a la Libertad. No es extraño que el grito liberalizador fuese “¡Vivan las caenas1”, grito susceptible de enrojecer a cualquier ciudadano. “No son libres todos aquellos que se burlan de su cadenas”, dijo Lessing, pero es que el español oscurantista no se burlaba de las cadenas, sino que las amaba. No sólo creía, como los estoicos, que se puede ser libre estando preso, sino que, al parecer, consideraba que no había más libertad que el sometimiento disciplinado y “leal” al despotismo. En esta vieja tierra del Sur se hizo muy popular esta copla: “Por gritar ¡Viva la Pepa! / me metieron en la cárcel, / y después que me sacaron / ¡viva la Pepa y su madre!”. Sin embargo, todavía quedan sujetos que abominan de la libertad por considerarla manantial de desdichas y abrevadero de indecencias. Un día estos individuos descubren una reproducción de la Libertad guiando al pueblo, de Delacroix, y al ver los pechos desnudos de la mujer que la alegoriza, se dan a sí mismos la razón de sus temores. Y hasta confirman uno de sus más caros y apocalípticos apotegmas: “La libertad engendra libertinaje”.

La palabra libertad -no tanto como la palabra democracia, pero casi- está maltrecha de tantos crímenes cometidos en su nombre, de tantas proclamaciones constitucionales anuladas por reglamentación de menor rango, de tanta disección biopsicológica y de tanta puñalada de pícaro y estocada de sabio asestadas sobre su cuerpo inmortal por doctrinarios de la izquierda y la derecha.

Haciendo abstracción del parto greco-latino, de las nupcias de la Ilustración y de las autopsias fascistas y marxista, la verdad es que la mejor definición de la libertad es la descarada e ingenuamente tautológica: “La libertad es la libertad”. Todos sabemos lo que es y no hay que oscurecer la ciencia infusa con la especulación más o menos científica.

Como dice el cardenal Léger, arzobispo de Montreal, “no es posible ciencia ninguna (ni siquiera ciencia teológica) sin libertad de investigación”. La libertad de investigación no es disociable de la libertad de pensamiento, ni la libertad de pensamiento de las demás libertades públicas, con lo cual se acaba por creer que cabe más “dialéctica” en la libertad que en el totalitarismo.

Todavía recordamos aquello de Camus en El hombre rebelde: -”Matar la libertad para hacer que reine la justicia equivale a rehabilitar la noción de la gracia sin intercesión divina y restaurar al cuerpo místico bajo las especies más bajas mediante una reacción vertiginosa”. Y añadía el pensador francés: “La libertad absoluta escarnece a la justicia. La justicia absoluta niega la libertad. Para ser fecundas, las dos nociones deben encontrar su límite en la otra. Ningún hombre considera que su situación es libre si no es al mismo tiempo justa, ni justa si no es libre”.

¿Que la libertad personal es un tanto ilusoria a la luz de la biología y el psicoanálisis? De acuerdo. ¿Que en el estado actual de desequilibrio clasista, con una educación en la que todavía no cabe hablar plenamente de igualdad de oportunidades, una economía en minoritarias manos y una clase política burguesa o aburguesada, la libertad es poco más que un suspiro? Casi de acuerdo. Pero ¿preferiremos, puesto que poco se puede hacer, no hacer nada? ¿Habrá que renunciar al uso de la libertad posible y la presión sobre la empalizada sólo porque tales prácticas según algunos, apuntalan el viejo sistema, lo erosionan o, al menos lo humanizan? ¿Sin esa libertad “burguesa”, cómo sería posible despotricar en público contra la libertad burguesa? “¿Hemos de aceptar la aportación burguesa de las libertades democráticas?” Esta última pregunta de Francois Mitterrand figura en su libro Un socialisme du possible. “Respondo que sí -decía Mitterrand- y seguidamente añado: con la condición de volver a estas libertades su verdadero contenido”.

En resumen, que es mejor, según el falible parecer del infrascrito, una libertad imperfecta que la ausencia de libertad, una “tolerancia represiva” -según la contradictoria acuñación marcusiana- que una represión intolerable, un poco de libertad en manos de pocos que ninguna libertad en manos de nadie. Modestamente uno también cree, con Ortega, que vivir es un continuo elegir y decidir: Y no ve como puede uno elegir (vivir) si lo elegible es sota, caballo y rey. Ni como puede uno decidir sin una información previa, objetiva, libre y total. Y como dijo el poeta: “No paro de recordar / aquello que me decía / de morir sin libertad”.

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