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Etiquetas:   La tronera   -   Sección:   Opinión

Cosas del día a día

Jesús Salamanca
Jesús  Salamanca
viernes, 12 de octubre de 2007, 08:26 h (CET)
Después de las amenazas de ETA no tengo ganas de extenderme. Pasan años y más años sin que el nacionalismo del País Vasco sepa arreglar sus propios problemas, con el agravante de que desde hace siete lustros ha permitido que se extiendan a todo el Estado español. La irresponsabilidad del citado nacionalismo, trufado de independentismo en época electoral, es una rémora que debe superar la democracia española. De igual modo hay que llamar a las cosas por su nombre. Hablando nos entendemos: ETA es una enfermedad que solo se cura tratando el problema en la raíz. No cabe la negociación con la ‘serpiente’ más que en la mente de memos, estúpidos, paranoicos y engreídos. Hay ladrones a los que no se castiga; pero nos roban lo más preciado: el tiempo.

Ante mi malhumorado estado de ánimo por las abundantes amenazas, procedentes del mundillo abertzale, y que acabo de leer en mi e-mail, prefiero huir de la serena reflexión y brindaros cariñosamente un video de Manolo Quijano que he encontrado en You Tube. Mientras sigo viviendo en internet y busco información sobre Garikoitz Azpiazu e Irati Aranzábal -- barragana de José Ignacio de Juana Chaos -- para mi próximo artículo, disfrutad en clave leonesa, antes de que el presidente Rodríguez Zapatero y su acólito, 'Pepiño' Blanco, don José, vendan miserablemente el cortijo español.

Lo duro de la realidad diaria es comprobar que, mientras el Estado debate entre el terrorismo y la mal enfocada negociación del presidente Rodríguez, en León siguen haciendo política de segunda división. Tan solo puede salvarles la reaparición de De Francisco, justo en el momento en que se hunde la Unión del Pueblo leonés (UPL), casi tanto como ‘Izquierda Hundida’. Por el contrario, en la capital del Reino (Valladolid), miran y reflexionan no sin preocupación hacia muchos temas que condenan a la Comunidad y llevan al cierre de empresas, incrementan considerablemente el paro, paralizan la vivienda, obligan a emigrar a la juventud, ponen puertas al campo.... Y, mientras tanto, Juan Vicente Herrera continúa aislado de la realidad y sin enterarse de lo que le rodea; le hacen la cama y pone las sábanas; le vendimian y riega las vid; le pasean por Castilla y, mientras, le roban León; le engañan en la educación y sigue defendiendo la trasnochada formación profesional de hace años; le mueven la silla y cree que la mece el viento; le 'venden' Tren de Alta Velocidad (TAV) por Tren de Altas Prestaciones (TAP); le dan gato por liebre con los topillos y comercializa humo, agua en cesta de mimbre y vocablos en talego; le venden la burra, coja y soltera, y la paga a buen precio...

¡Pobre Juan Vicente,...! Su entrevista con el gafe de Moncloa le ha llevado al desasosiego y a la frustración. En pleno siglo XXI, sus altos cargos del Gobierno regional le siguen cantando la canción infantil del colegio: "Vicente, culo caliente, la botijilla del aguardiente... ¿quién te ha robao la burra?... ¡Tú, tú!" Lo dicho....mejor, escuchad a Manolo Quijano.

Mientras Herrera Campo, Juan Vicente, acampa en la mentira de sus más cercanos colaboradores, la ciudadanía aprende a cosechar el mañana, a edificar el futuro y a alejar al enemigo hacia inhóspitos lares. Y si el todavía presidente de Castilla y León, León y Castilla (tanto monta, monta tanto) duerme en su mecedora poltrona sin oposición que le perturbe, Castilla busca la fórmula de la ilusión para el mañana y... León... camina hacia la soledad del Reino que fue y pocos reconocen.

León y Castilla, Castilla y León siguen siendo un mal avenido matrimonio. Muy mal avenido. Cuando el matrimonio, 'gaymonio' o 'lesbimonio' deja de funcionar... hay que romper los lazos antes de que sea tarde. Honore de Balzac solía decir que "el matrimonio debe combatir sin tregua un monstruo que todo lo devora: la costumbre". Castilla y León, León y Castilla no deben permitir que la costumbre amalgame lo que artificialmente se unió. Ni una a otro, ni otro a una se dieron palabra. Y es que el medio más seguro de mantener la palabra es no darla nunca, según Napoleón.

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