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Relatividad de la Historia

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 12 de octubre de 2007, 08:26 h (CET)
Sin un ejemplar de Historia de España entre las manos, el animoso español actual caería en la consternación al comparar diversas épocas (un modo ilustrado de referirse al abatimiento), sin tener que confundirse con la manoseada Memoria histórica. No obstante, lo primero a tener en cuenta para hilvanar algo acerca de lo que se entrevé o atisba, a la hora de componer esta columna, es esta pregunta: ¿Qué es un español?

Si es “aquel que reside dentro de los límites del estado español”, cabe de inmediato la preliminar cuestión: ¿Con, o sin papeles? En este aspecto, cuando se generaliza, se tiende a simplificar, como, por ejemplo: “ruso” es el que vive en Rusia, del mismo modo que los “chinos” son todos los que habitan en la China milenaria. Más, la realidad es, que, contemplados de cerca, no todos los que habitan un país son identificables con su gentilicio, máxime los tiempos que vivimos, en que las gentes se mueven de acá para allá en búsqueda de un mejor acomodo.

Así vista la primera cuestión planteada, la respuesta no es sencilla. ¿Por qué? Hay muchos españoles, con papeles, o de reciente implantación, a los que la Historia de España les resultará extraña por desconocida. Y, para mayor abundamiento, entre lo floja que se ha vuelto la Enseñanza General, y lo tergiversada que se explica en algunos lugares (Galicia, País Vasco, Cataluña) habría que haber comenzado por afirmar, de “que” clase de libro de Historia sería preciso disponer.

Se sabe, que cada Siglo de la historia de la humanidad es vivido, más o menos, por tres generaciones. Es decir, que entre los españoles de “pedigrí” (sin ánimo de distinción, sino para identificar), y el comienzo de nuestra Era (hace veintiún siglos), han transcurrido sesenta y tres escasas generaciones (21x3). Lo que viene a suponer que entre nosotros y los contemporáneos de Cristo, tan sólo son algo así, como, sesenta abuelos directos. Menos de los parientes que se invitan a una boda. Es decir, que se pueden juntar en cualquier salón de “bodas, bautizos y comuniones”, y podrían contarse, entre sí, la “auténtica y veraz historia de España”, según les hubiera ido a cada uno en la feria, naturalmente. Como estos datos son imposibles de recoger, se ha de reconocer que un libro, el que sea, sobre la historia española, no es motivo suficiente para abatir ni consternar a nadie.

Más, también es de todos sabido, que en una misma temporada, de otoño, como esta, conviven tres generaciones: padres, hijos y abuelos. Lo que conlleva tres visiones muy diferentes de la actualidad, ¿cómo no van a tenerla de la historia? Los norteamericanos, tan cursis, a esa diferencia le llaman el “gap” generacional. Y hay gentes entre nosotros que también se han apuntado al vocablo, del mismo modo que al sentimiento, u olfato, le denominan “feeling”, pero esto es harina de otro costal. Así que, quedémonos con que coexisten al menos tres interpretaciones simultáneas de un teórico y sesgado libro de Historia.

Conclusión: es opinión de esta perspicaz columna que no hay lugar para la consternación ni al abatimiento. Eso, sólo puede ocurrirle al que se haya hecho una particular composición de lugar de cuanto ha sucedido en esta vieja y usada geografía bajo tanta lluvia y sequía como ha padecido. Es ese alguien que había llegado a pensar que el Guadalquivir era un río “español”, y ahora ve consternado, que no, que tan sólo es un río “andaluz”, según se le ha concedido, en plena campaña electoral, al presidente de la Autonomía andaluza.

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